Educar para emancipar y transformar, función docente más importante: Vicerrectora

Noticia escrita el: 18 junio, 2020 | Por: Administrador

  

 

‘Requerimientos de la formación y el ejercicio profesional docente ante las nuevas realidades’

Segunda de dos partes.

Educar para emancipar y para transformar es la función docente más importante, mencionó la Maestra Sylvia Schmelkes del Valle, Vicerrectora Académica de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, en la webinar ‘Requerimientos de la formación y el ejercicio profesional docente ante las nuevas realidades’, que organizó el Doctorado Interinstitucional en Educación.

 

En su disertación dijo que las y los profesores no deben educar para mantener las cosas como están, ni para no cambiar; sino que deben educar porque “tenemos problemas como individuos, como grupos y como sociedad, y lo que queremos es formar para realmente poder solucionar esos problemas y poder transformar nuestra vida”.

 

Entre esos problemas, en México, la Vicerrectora señaló: la desigualdad y la exclusión, el desempleo, las dificultades para crecer económicamente, la pobreza extrema y la creciente pobreza, la violencia y la desconfianza social, la debilidad de la vida democrática, la depredación del medio ambiente, la dependencia de un petróleo que se agota, la existencia de un modelo de desarrollo regional desequilibrado que provoca una migración forzada, una megalopolización del país que vuelve inhabitables a las ciudades y “lo que parece ser una falta de proyecto a futuro, algo que nos debe preocupar mucho, porque si no tenemos claridad de hacia dónde vamos, eso genera desesperanza y frustración”.

 

Y como problemas en lo propiamente educativo, destacó la existencia de una educación de baja calidad y desigual que, “montada en una realidad desigual externa distribuye además mal la calidad” y entonces exacerba esa desigualdad previa que ya existe. Además, es una educación con menos recursos para distribuir, homogeneizante y con una centralización muy clara de las decisiones educativas, que debieran tomarse cada vez más en cada escuela y en cada aula.

 

Además, hay una planta docente poco formada o que puede mejorar mucho su formación, y que está “muy frustrada” porque no encuentra futuro como profesionales de la educación. En tanto que el ‘para qué’ de la educación se ha puesto en crisis.

 

Primer escenario

 

Ante todos estos problemas, la Mtra. Schmelkes plantea tres escenarios. El primero, es tener más de lo mismo o mejorar un poco lo que se tiene, “pero en general digamos que estamos pensando dentro de la misma caja”.

 

Por ejemplo, debido a la presión demográfica, se aumentó la obligatoriedad en el sistema educativo, y ahora la educación media superior y superior son obligatorias; sin embargo, en la base hay problemas que aún no están resueltos, como el hecho de que la primaria todavía no es universal, pues por mencionar un caso, sólo asiste a la escuela el 15% de las niñas y niños jornaleros agrícolas migrantes.

 

“Entonces tendríamos que empezar a solucionar los problemas en la base de la pirámide antes de escalar la obligatoriedad hacia arriba, porque cuando escalamos la obligatoriedad hacia arriba los recursos tienden a irse hacia allá, porque allí están los grupos que más presionan por los recursos”.

 

Aunque se necesita dar una mayor atención a la formación de las y los  docentes, esta sigue siendo homogénea y desigual, porque se sigue dando lo mismo y, “en aquellos lugares de mayor pobreza se da también con mayor pobreza”. Y si bien hay mayor acceso a la tecnología, no hay una formación adecuada de los profesores para utilizar esta tecnología con pedagogía.

 

Luego, hay un impulso incompleto a la participación social, pues pese a haber mayor democracia y participación, no es completa, porque no es para todos y no es suficientemente profunda como para admitir la diversidad de opiniones, la crítica y la divergencia.

 

El currículum, es central, homogéneo y sólo con espacios marginales para lo local. Existen una meritocracia y una evaluación, que premia, castiga y exige la rendición de cuentas, mas no se usa para mejorar.

 

Y por más que se vayan mejorando la formación de los docentes, el currículum y el uso de tecnología, van a permanecer los dos problemas más importantes de la educación, que son la inequidad y la deficiente calidad. “Pongo a la inequidad primero, porque en la medida que la inequidad siga siendo un problema, la calidad se va a distribuir inequitativamente y no va a ser para todos, y por lo mismo no va a ser de calidad” (la educación).

 

Segundo escenario

 

Un segundo escenario, que se acerca más a lo que Schmelkes considera lo deseado, es aquel donde la educación a nivel de sistema y a nivel de cada escuela y de cada aula ponga a la equidad como prioridad.

 

La idea es reconocer la importancia de la educación para el desarrollo personal, para el crecimiento económico, para propiciar la democracia y para la cohesión social; pero nada de esto se puede lograr si no se tiene equidad en la educación que se imparte.

 

Mientras no se tenga equidad, que implica dar más a los que más lo necesitan, quienes personalmente se van a desarrollar más son los que de antemano estaban en posiciones de mayor ventaja.

 

Sin equidad, el crecimiento económico no va a beneficiar a los pobres; la democracia no se va a profundizar, porque no habrá capacidad de criticidad y de convivencia de la misma manera para todos; y sin eso no se va a lograr la cohesión social, que es la base para lo demás. Por eso, la condición es la equidad, “sí, llegar con educación, pero con más y mejor educación a los que más lo necesitan”.

 

En este contexto hay que poner al centro a la planta docente, a las y los profesionales de la educación, quienes “no son los culpables de que esto no exista, pero sí son los que lo pueden generar”. Por ello se necesita tener una planta docente bien formada, bien pagada y con autonomía de decisión.

 

La autonomía de decisión es fundamental porque si realmente se considera al maestro un profesional de la educación, que pondrá a la equidad como prioridad, se le tiene que dar la capacidad de decidir, sobre los contenidos, las metodologías y sobre su forma de atender la desigualdad educativa que tiene al interior del aula.

 

También se necesitan mesoestructuras, o sea, que los supervisores y los asesores técnicos pedagógicos (ATP) estén fortalecidos, para que puedan atender, apoyar y formar a esa planta docente que está en el centro de todo el quehacer educativo.

 

Se requiere una búsqueda de consensos sobre los mínimos comunes necesarios en la educación, es decir, acerca de las cosas que todo niño y todo joven necesita saber y saber hacer, y esos mínimos comunes son los que toda escuela debería de asegurar, no de manera homogénea, pero sí para todos.

 

“Por mínimos me refiero a la necesidad de manejar las cuatro operaciones de la lengua, las cuatro operaciones de la matemática, y aplicar las dos cosas de manera cotidiana para resolver problemas, para entender el mundo, conocer cómo funciona nuestro cuerpo y cómo cuidarlo, conocer cómo funciona la salud ambiental y cómo protegerla, conocer cuáles son nuestros derechos”.

 

Aparte, se tiene que atender la diversidad, porque si no, no se va a hacer relevante la educación, al no atender esa función de la educación de dar los elementos para la vida digna, conforme cada quien la entienda.

 

A nivel escuela, sobre todo, hay que aumentar la participación social y contar con estructuras democráticas, las que enseñan a vivir la democracia al interior de los colegios.

 

Tercer escenario

 

Después de ese segundo escenario, que ya es sumamente deseable, habría un tercer escenario, que es propiamente aspiracional, porque combina calidad con equidad, y supone cuatro cambios de paradigma.

 

El primero, supone que la escuela está en el centro -desde luego los docentes, en la escuela, están en el centro- “y la pregunta que nos tenemos que hacer es si eso es la escuela que conocemos ahora. Creo que justamente este confinamiento nos ha hecho, por un lado, darnos cuenta de aquello que no podemos hacer sin la escuela, y eso es lo que tendríamos que privilegiar cuando estamos juntos; y también nos hemos dado cuenta de qué cosa podemos hacer desde casa, y a lo mejor eso podemos fortalecerlo en una siguiente versión de lo que es la escuela”.

 

Segundo cambio. Se debe tener una concepción de la planta docente como profesionales, que tengan como una de sus características fundamentales la autonomía en la toma de decisiones. “Para poder tomar esas decisiones bien, un profesional tiene que estar bien formado y se tiene que seguir formando, para ir mejorando su capacidad de tomar las mejores decisiones en los contextos específicos”.

 

Eso es ser profesional, y así  se tiene que concebir a los profesores, a quienes hay que darles los apoyos que necesitan. “La evaluación para eso sirve, justamente para identificar cuáles son esos apoyos que necesitan los profesionales para ir mejorando su capacidad de tomar decisiones autónomas”.

 

Tercer paradigma. Las y los profesores deben cambiar su concepción de la población nacional, entender que ésta es diversa, que todos son diferentes y que se tiene una enorme riqueza en esa diversidad, cultural, de orientación sexual,  de capacidades. Luego entonces, hay que combatir la desigualdad y hay que fomentar la diversidad.

 

Y el cuarto cambio de paradigma es una nueva concepción de enseñar y de aprender. Aquí se tienen que priorizar las habilidades básicas, las superiores de pensamiento y los valores que están detrás de la convivencia respetuosa y pacífica. “Para mí, eso es lo fundamental a priorizar en la educación”.

 

Esto necesita, además de definir los conocimientos mínimos (ya referidos por la Vicerrectora), de un aligeramiento del currículum, para permitir que el maestro autónomo defina cuál es su máximo, en función de los grupos específicos a los que está atendiendo.

 

Es “tomar ese conocimiento que es relevante para nuestro contexto y relevante para nuestros alumnos, que responde a sus intereses, que responde  también a sus necesidades, a las aspiraciones de su comunidad”. Eso, hay que tomarlo como base para desarrollar las habilidades básicas, superiores, de pensamiento y los valores de convivencia, “que no se desarrollan en abstracto, sino se desarrollan manejando, manipulando contenidos, y estos mínimos y máximos son los contenidos que se tienen que manipular para lograr eso”.

 

Hay que enseñar a aprender, aprender de la escuela y aprender de la vida, “porque bien sabemos que pasamos más tiempo de nuestro espacio vital y de nuestro horario cotidiano, en la vida, que en la escuela; entonces  tenemos que enseñar a aprender de las dos”.

 

También se debe cambiar la concepción de los cómos. Hay que tener, entre otras cosas, a la escuela como el continente del proceso de enseñanza que termina el aprendizaje, es decir, “la escuela es lo que contiene a las aulas, a los maestros y al proceso de enseñanza-aprendizaje, y esa escuela tiene que ser algo que permita y que favorezca que eso suceda lo mejor posible y que además permita conocer a partir del todo y de su interrelación”.

 

fotografía: Pedro Rendón

Se debe entender al alumno como el protagonista principal de su aprendizaje. Esto significa favorecer las metodologías que lo hacen actor y  protagonista, como son: la observación, la exploración, la experimentación y la investigación. También hay que tomar en cuenta el trabajo con los otros, es decir, la mediación social del aprendizaje individual, que es lo que permite el aprendizaje colaborativo.

 

Para concluir, la Mtra. Sylvia Schmelkes del Valle, Vicerrectora Académica de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, dijo que la educación “está llamada a dejar de reproducir, para comenzar a transformar; y esta es la ruptura más importante que tenemos que hacer”. Es mirar “dónde estamos reproduciendo y cómo podemos hacer para ir cambiando este paradigma y empezar a transformar, a dejar de responder o de adaptarnos, para comenzar a proponer, a privilegiar la emancipación y la transformación por encima de la adaptación”.

 

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PEDRO RENDÓN/ICM