AFUERA DEL CENTRO

Noticia escrita el: 13 agosto, 2013 | Por: Carmina Breton

-Hombre, si sacas un cuartito de ron, que sea a discreción. Dijo la mujer.

-¿Será cierto que murió de un derrame cerebral? Preguntó el paisano.

-¡Vete a saber! Ya sabes lo que se dice por ahí de Macario el viudo. Estoy segura de que él acabó con la pobre de Artemia.

-No juzgues mujer. Macario no es tan malo como parece.

En el pueblo de la Purisima, muchos pensaban en la muerte de la maestra Artemia, querida y respetada por todos. La pérdida tenía de duelo a los lugareños. Pasadas las dos de la tarde comenzaron a llegar los vecinos, amigos y familiares a la casa que alguna vez habitó la mujer para darle su último adiós. La gente asistió de luto riguroso. Los llantos de un par de plañideras copaban todo el sitio cuando de pronto la directora de la escuela llamó la atención de los concurrentes y dijo:

-Pido unos minutos de silencio. El señor Macario dará su despedida a la maestra en este día tan desafortunado.

Todos los presentes callaron y dirigieron sus miradas a Macario. Él estaba nervioso y en ese instante se levantó del sillón, atravesó la sala atiborrada de coronas, abalorios, velas y cirios. Se acercó al cuerpo de su mujer y sin decir palabra pensó:

-Querida y hermosa, ya tan sólo quedan cuatro clavos para tu ataúd. Viviste y sufriste lo debido. Ahora es momento del regocijo al lado de los santos difuntos.

Macario puso el dedo índice en su boca, tronó ligeramente los labios logrando en un ademán un beso, después pasó la mano por las maderas finas de la tapa del ataúd y dando un par de pasos suaves se detuvo cerca de un cuadro con la imagen de la virgen de Guadalupe. Acto seguido sacó de su bolsillo un papel y leyó las siguientes palabras:

-Santo niño de Atocha. En esta tarde de despedida, el día en que mi mujer realiza su último viaje para encontrarse contigo, recíbela y cuida de ella en tu gloriosa presencia allá en el lugar del no retorno. Cuida también de los que nos quedamos en la tierra. Cuida de sus hijos. Acuérdate también de que con la labor de éstas, mis manos, nunca nos falte nada, y que mi señora desde lo más alto nos ilumine en nuestras súplicas. Ayúdame y cuida de mí. Ten compasión y mira mi llanto. Escucha la voz de este corazón adolorido. Sálvame, te suplico, de este hondo abismo, porque sin ella he caído aplastado al ras del suelo. Préndeme de tu mano y no me sueltes para que en estos momentos de angustia y desolación no me pierda más en la bebida. Quiero vivir día a día mi sobriedad en honor a mi señora…

Macario dejó el papel sobre la mesa y terminó diciendo lo siguiente:

-¡Ay mi Dios! Me quedé sin una reina y tú bien sabes cuánto la echaré de menos. Se ha quedado un hogar con el corazón acongojado. Sólo me queda el consuelo de que ella descansa allá arriba en los cielos. Amén.

-Amén, cantaron los presentes.

-No quisiera estar en sus zapatos- Susurró el paisano.

Su mujer, mientras tanto, se acomodaba la cola de caballo y, vestida toda de negro, se enfrascaba en una charla sin importancia con una señorita que se había sentado a su lado.

La gente escuchó el discurso de Macario; unos a otros se miraban sintiendo que sus palabras estaban fuera de lugar. Pocos le habían creído. Muchos tenían conocimiento de que Artemia en el pasado había luchado por sacar a su marido de las parrandas en que se enfrascaba. Ella, de madrugada, solía salir a buscarlo de tugurio en tugurio adonde él iba en busca de faldas. Cuando por fin lo encontraba, le pedía que volvieran juntos a casa, pero no siempre la hacía caso. Dentro de la casa las horas transcurrían y la tarde dio paso a la noche y de la noche algunos continuaron velando hasta la madrugada. La gente comenzó a despedirse y tomaban rumbo a sus casas. Algunos salieron consternados, otros embriagados y otros bien comidos. Hubo llantos y el último canto de despedida decía así:

Adiós a los que me han estado velando,

Adiós triste hogar

Adiós a mis hijos de mi corazón

Adiós mundo querido, porque hoy me van a sepultar.

Los moños negros permanecieron colgados sobre los espejos, puertas y ventanas. El viudo cerró las puertas de la casa. Sus hijos estaban en su habitación y subió para observarlos dormir. Se acercó a la niña menor que estaba dentro de la cama, pasó su mano sobre su hombro y hablándole suavemente le dijo:

-Hijita mía, aquí me tienes. Mientras yo viva, jamás andarás descalza.

Macario se quedó unos minutos ante la soledad de sus hijos, bajó después a la sala y se encontró sólo ante el féretro y al cuerpo de su mujer. Pensaba que al día siguiente la enterraría en un adiós definitivo y habiendo faltado a su promesa de no volver a beber y bastante adormecido por los efectos del alcohol subió las escaleras para irse a dormir a una alcoba vacía. Logró desvestirse con mucho trabajo y se recostó para reposar su ebriedad sobre la almohada. Su cabeza estaba llena de incertidumbre. Recordó aquel día fatídico en que el desorden de su personalidad había hecho que, enfadado con Artemia porque la sopa estaba tibia, la golpeara hasta que le sangraron los puños y un sentimiento de bajeza lo atacó. Se sintió inmensamente arrepentido y lloró. Observó sus manos hinchadas, los ojos estaban desorbitados, ya no tenía sensibilidad en la cara y al intentar cerrar los ojos exclamó:

-¡Esto es lo que queda!

Se dio vuelta para evitar mirar la figura hundida y fantasmal de su esposa en el colchón y fue así como pasando algunos minutos, por fin se durmió.

II

Un par de meses después, al sonar en el centro las campanas de la Iglesia que anuncian el medio día, Macario paseaba solo cerca de la pérgola de la plaza luciendo botas vaqueras garigoleadas, pantalones marrón, camisa amarilla a cuadros pequeños y pelo teñido de color castaño. Todo a juego para un día domingo. Compró una paleta helada y continuó su camino en dirección a la parroquia, pero de pronto, observó a Licha la hija del panadero sentada sobre una banca del parque. Los ojos oscuros de Ignacio se ensancharon y ya no pudo quitar su mirada de aquella chica. Raudo se acercó a ella y le dijo:

-¿Está ocupado este asiento?

-Obvio que no- Contestó Licha.

Macario se sentó a su lado y comenzó por decirle:

-No hay mucho que ver en este parque. Siempre es lo mismo, pero sólo se ilumina el día de hoy por un motivo. ¿Quieres saber cuál es?

-Dime.

-¡Estás resplandeciente! Pareciera que alguien puso miles de foquitos pequeños a tu alrededor y lo iluminas todo.

-¡Vaya! Eso sí que es halagador. Dijo Licha de manera coqueta.

-Nunca me había fijado en tu belleza, pero si me permites el piropo, ese par de piernas tuyas rechonchitas llamaron mi atención.

Fotografía: Giovanni Donadeli

-Y yo opino que tu bigote es muy sexy.

-¡Es la virilidad!

Macario se sentía fascinado, no podía apartar la vista de los pechos de Licha que se asomaban por un gran escote y entonces buscó la manera de observarlos detenidamente; y le dijo a la chica:

-¡Qué bonito tu collar! ¿Puedo?

-Claro

Macario tocó con su mano el collar y lograba en un roce discreto tocar los pechos de Licha y se sentía encantado. Licha le daba alas con grande coquetería. Ambos sentían atracción e inmediatamente Macario invitó a Licha a cenar por la noche a lo que obtuvo un rotundo sí.

Nueve días después, una marchanta ofrecía melones en el mercado. Una mujer que cargaba tamales dentro de su canasta de mimbre se acercó a saludarla. Juntas comentaban cosas preocupantes para ellas, pues en los últimos días se había agusanado la cosecha de tomates. Las dos amigas estaban sentadas una al lado de otra cuando de pronto unos gritos se escucharon entre las calles y llamaron la atención de la gente que paseaba por ahí.

-¡Roba hogares! ¡Orgulloso te sientes! Gritaba un hombre y el adversario le contestó:

-¡Tu mujer se fue conmigo porque la tenías encerrada en casa como ave de corral!

La marchanta que escuchó todo se volteó y le dijo a su acompañante:

-¿Por qué se apalabran? ¿Por qué esos gritos?

-Líos de faldas. Contestó la otra mujer. Es Macario el viudo, su mujer lleva muerta apenas un par de meses y ahora anda de novio de Licha, la hija de Francisco el panadero. Debería de tomar a sus hijos y regresarse a la Capital, pues se dice que ya fue amenazado de muerte por el antiguo prometido de la escuincla pero aun así sigue en las andadas. Me contaron por ahí que la Licha estaba cercana al casamiento.

-¡Újule! Pos que Macario se cuide las espaldas.

Ellas continuaron comentando el asunto cuando de pronto vieron a Macario cruzar la avenida prendido de la mano de Licha. Ambos caminaban alegres y distraídos. Bajo el sol, las calles parecían hornos calientes. Macario sentía una necesidad imperiosa de beber un trago refrescante y quería ir a la pulquería para alegrarse un poco. Licha se despidió de él y se perdió entre el gentío. Mientras tanto, arriba de Macario, los cables de electricidad zumbaban con potencia y por un momento se detuvo para acomodarse el sombrero. Las marchantas lo seguían con las miradas, él continuó, se detuvo frente a las puertas de la cantina y un vecino con el que nunca había llevado buenas migas le dijo:

-¿Ya vas para adentro, teporocho?

-A nadie le incumbe si me tomo unas copitas.

-A nadie le incumbe- Comentó el hombre aquel.

Macario no se inmutó por el comentario, empujó las puertas y entró en su lugar predilecto. Adentro estaba su querido amigo Armando y juntos comenzaron a tomar cervezas y pulque.

-Sabes, Armando, a veces pienso que es hora de que deje por un tiempo las parrandas.

-¡No, compadre! Si tú haces eso quién me va a acompañar en noches de bohemia.

-La Licha me vuelve loco. Es una fiera en la cama.

-Ah, Pos presta

-¡No, carnal! Respétame un tantito. Te lo digo en serio. Me preocupa no tener un cuerpo atlético, pues además de todo le llevo bastantes años de vida a la chamaca.

-Yo te recomiendo que cuando estés ardiente respires profundo y aguantes lo más que puedas, porque si no le cumples, ella te va a dejar por otro.

-Eso sí. Si mi gordita me deja estoy perdido y además cuando intento olvidarme de todo esto, llega el chamuco a presentarme la embriaguez como algo hermoso.

-¡Agh! ¡Veneno que sabe a miel!

Ambos amigos soltaron carcajadas y siguieron largas horas dentro de la cantina donde había clientes desconocidos. Ellos dos en especial eran siempre los payasos de la fiesta, pero también los llamados mala copa. Las risas saltaban por los mismos temas aburridos. Los hombres se recargaban sobre la barra. Las discusiones y palabrerías eran típicas en el ambiente y, esa noche, después de algunos empujones, Macario salió a golpes hasta la calle. Armando estaba bastante borracho y no lo notó. Afuera el hombre se tambaleaba en las escalinatas con la mirada cegada y así intentó salir caminando del centro y volver hasta su casa, pero iba tan ebrio que perdió el equilibrio y rodo por los suelos. Para entonces una pareja de hombres llegaron a su encuentro y de un momento a otro todo se nubló para Macario que perdió el conocimiento y ya no supo nada hasta que Armando, desesperado, lo comenzó a sacudir. Cuando Macario abrió los ojos su amigo exclamó:

-¡Qué te hicieron esos putos!

Un charco de sangre comenzaba a derramarse por la alcantarilla. Macario se intentó poner de pie, pero cuando su amigo lo enderezó, las tripas reventaron su camisa.

-Ay compadre me arde el vientre. Creo que ya me cargó el payaso. Siento que me voy yendo.

-Aguanta Macario voy a llamar una ambulancia.

El amigo salió corriendo, pero Macario murió al instante sólo y de bruces al suelo. Al entierro fueron tan solo siete personas contando al sacerdote. Sus dos hijos, Armando, Licha, el paisano y su mujer.