Fotografía: Casa-Museo de Joan Abelló
Fuente: Wikipedia
Hablaré de un gigante, de un hombre de generosa apertura propia de un verdadero genio, de un hombre, tan amante de todas las posibles variantes que en los últimos tiempos lograron excederse en belleza, de un enorme coleccionista de arte, misma que reposa en el museo del pueblo catalán Mollet de Vallés, donde cada pieza con inigualable estructura creada con oleos de diferentes paletas, es un espacio donde la creación humana respira en estado puro. Ese hombre, Joan Abelló, maravilloso ser de mirada fija y que al hablar irradiaba tanta paz, una paz como la que nunca antes había percibido en persona alguna: Joan Abelló un grande que conocí por azares del destino en la Ciudad de Puebla, ese año 2002, y que en realidad todo surgió de cuando mientras le observé frente a su caballete, vi a un hombre canoso un tanto entrado en años que lograba con trazos imponentes un boceto del volcán Popocatepetl y el Iztaccihuatl. Lo estuve observando con absoluto sigilo, y entonces, dejándome convencer de que él debía enterarse de aquella leyenda de los volcanes amantes: Esa; donde ella el Iztaccihuatl, y él, el Popocatépetl reposaban con dulzura y enamorados eternamente regalando a los lugareños un bellísimo paisaje entre miles de veredas y senderos. Me acerqué al maestro con cautela para luego, y con respeto, contarle aquella historia sin otro empeño que el de lograr de sus emociones algo refrescante sobre lo que para los indígenas que habitan las montañas aún representa el amor. Recuerdo que justo al escuchar mi atrevimiento, Abelló volteó a verme al mismo tiempo que se acomodaba las gafas y luego dijo un tanto emocionado:
-Me llamo Joan Abelló, y he venido a México con una pareja de amigos, mis marchantes de arte. ¿Eres de Puebla?
-Sí señor. Le dije.
-Mira, ¡Te invito a comer esta tarde! Me gustaría comer algo bueno pero sin chile ni picante. ¡Anda! ¡Tú recomiendas el restaurant, y yo pago la cuenta! Luego volteó una vez más hacía el caballete y sonriendo mientras movía el brazo exclamó:
-Mira mujer, que no me sabía esa hermosa leyenda misteriosa de los volcanes. Y ¿Sabes lo que has hecho? ¡Ahora cambiaré todo el concepto de la obra!
Y luego sonriente aseguró:
-Acepta la invitación. ¡Anda!
Y fue entonces que aquella aventura con un ser de verdadero genio, dio comienzo a la admiración de mi persona hacía los cañonazos del arte en vertiente pura, un enorme respeto hacía la concepción de un mundo de ilusiones, hacía el agradecimiento por aquella enseñanza sin pago de colegiatura de aquel señor más grande. Ese idealista vestido con traje negro y pañuelo azul cielo en la pechera, portador de conocimientos adquiridos en esos viajes alrededor del mundo, con su pulcritud con olor a naranjo y honorable sombrero. Una horas después, mientras comíamos, me hizo ver, entre el platillo de bacalao y copa de Champagne, lo difícil que para un artista representa lograr dar a conocer su obra, y después de la larga charla y al tiempo que salimos del lugar, su mirada parecía encontrar mimesis a cada paso sobre el asfalto de las calles de Puebla, y así, en la fábrica de talavera, o caminando dentro del pasaje del ayuntamiento, demostraba sentirse cómodo en cualquier lugar, y agitando la mano bastante emocionado decía:
-Lo que realmente me atrae de tu ciudad, es que ella habla sola sin necesidad de gastar unos euros en cualquier guía parlanchín.
Sonreíamos. La conversación era muy puntual, él decía cosas graciosas y yo le entendía perfectamente. Íbamos camino al automóvil cuando pasaron unos cuantos jóvenes con rastas en el pelo y dejando una estela de aroma a mariguana obligaron de manera graciosa a que el maestro apuntara algo así:
-Qué divertido, me intrigan los peinados de los seguidores de Bob Marley. Esos peinados se deben respetar, ¡Toda ideología que no cause daño a los semejantes se debe respetar! Aunque, ¡Ja! No debemos olvidar que si en esas cabecitas se presentan los piojos, por salud, y no por otra cosa, las melenas hay que cortar.
Y como imagen divertida lo recuerdo en el Museo Amparo cuando durante el recorrido por los pasillos, en determinado momento se detuvo para sacar su pañuelo, quitarse el sudor de la frente y luego asegurar bastante divertido:
-Todas estas piezas arqueológicas están jugando conmigo. Tanta información está sacando de quicio a mi cerebro.
Luego de eso, habló conmigo sobre el concepto de las naturalezas muertas, cosa que como aseguraba, deben alimentar el mundo interior de aquel que sabe apreciar por medio de la visión estética los colores de nuestra tierra. Hablamos también, sobre la figura humana y su plano representativo, del símbolo real y propio expresado por medio de movimientos que dan como magnífico resultado un sentido inmensamente narrativo. ¡Algo como un cuento de hadas! Cosa que no necesita muchas palabras para lograr un manifiesto. Me recalcó, de todo aquello que al artista le brota de lo consciente, y por supuesto que también hizo énfasis sobre lo alucinante y onírico, sobre el inconsciente y su total abstracción. ¡Es increíble, todo lo que pude aprender de su genio en tan pocos días! Recuerdo que fui yo, quien le insistió en que me permitiera llevarlo al Ex-Convento de Tecalli de Herrera, y pronto me otorgó el honor y conduje directo desde Puebla por la carretera que lleva hasta aquel pueblo. Íbamos a medio camino cuando aseguró:
-¡Qué gracia me da! Conduces como un distraído chófer de locomotora. ¡Has brincado varios topes tan grandes como una pirámide de cemento, y mi cabeza seguramente ya tiene un par de moratones!
Reíamos mucho, en realidad adoraba yo esa naturaleza suya de un hombre tan sabio que por su propia humanidad era sincera y sencilla. Después de 45 minutos, llegamos al pueblo, y al estacionarnos frente a la entrada del convento, el cielo comenzaba a posarse detrás del edificio logrando a cada instante distintos tonos y mezclas en los cielos. El maestro comenzó a exclamar a sus marchantes ¡Oleo! ¡Oleo! ¡Rojos! ¡Naranjas! ¡Verde! ¡Azules! Y entonces, yo quería morir meramente de impulsos vitales cuando la propia pulsión con energía pura de sus pincelazos representó para mí cosa más grande que la misma libertad.
Él: Amigo de Antoni Tápies, de Salvador Dalí, Antonio Saura, Joaquín Sorolla, y alumno de Carles Pellicer, él, el maestro Abelló, me contó varias anécdotas que vivió con ellos, de ciertas cosas divertidas y otras no tanto. Habló de un secreto de las artes sumamente divertido, y después de aquel día, volvió a España. Unos meses después, me instalé en Barcelona y él un día me recibió en su casa, tomamos té y fue ahí, donde pude disfrutar un poco más del artista, de conocer después y al completo, su colección de obra de aquellos amigos suyos, los grandes artistas con los cuales compartía ideologías y formas de expresión. Recuerdo, que un día en que no se trabajaba, fuimos al museo en compañía de una amiga mía y al entrar en aquel recinto, me aturdió un aire compacto como sucede en las monumentales capillas del arte. Íbamos dando el recorrido cuando de pronto nos detuvimos frente a una obra muy bella de Salvador Dalí, titulada: Paisatge del Cap de Creus. Óleo sobre tela. Jamás olvidaré lo que me dijo Joan Abelló, a la vez que me indicaba que posara la mano sobre el lienzo:
-Querida, aprovecha ahora que nadie nos ve. ¡Anda! Posa la mano sobre deliciosa obra. ¡Anda! ¡Hazlo ahora, porque cuando yo muera nadie nunca más te lo permitirá!

Joan Abelló
Hoy recuerdo esa fuerza creadora y muero de ilusión. Volví un par de meses después a México pero con la fuerza espiritual que adquiere sobre un tema todo aprendiz del buen maestro. Una fuerza sobre aquella enseñanza que daba a manos llenas y sin maña alguna, evitando por siempre introducir a sus admiradores en confusos recovecos donde solamente se suele prometer y jurar para ganar. Abelló no quería convencer, él sabía muy bien cómo manifestarse, y ha sido aquello del maestro, lo que hoy sigue latente en mí. En fin, unos cuantos años después y por cosas del destino, vivía yo en Madrid, cuando escuché en las noticias de la radio que aquel mismo día se le daría al maestro un hermoso adiós; ese día había muerto, se había ido uno de los eslabones del arte del siglo XX español y al enterarme, desplegué la mirada hacia el cielo, pude ver un delicioso paisaje, en tonos rojo ocre, y azul opalino cuando se me erizó la piel, puesto que bien sabía yo, que era ya aquel genio, una estrella más en las venas del firmamento, y que su mirada, como la del esteta amante de los colores, por siempre vivirá en cada uno de sus oleos.
HONOR A QUIEN HONOR SE MERECE: ABELLÓ.