LUNA LLENA DE INVIERNO

Noticia escrita el: 6 agosto, 2013 | Por: Carmina Breton

El epicentro; Calle de Don Celes.

Entre el tumulto y la marejada de individuos entraron en un restaurante Italiano. La puerta era un compás rectangular bastante angosto. Era el año 2027 y un cerillito lustraba botas con un aparato ultradinámico. Entraron y a los pocos segundos les atendió un mesero jovencito de porte bastante visceral. Filippo, un hombre de 76 años y Carmela de 69 eligieron una botella de cabernet y un bis de fusilli a la arrabiata y boloñesa, pero pasó media hora cuando la comida no llegaba haciendo mella a la analogía puntual de una sonrisa sincera del mesero con la promesa de un “ahorita viene” que tardaba en mostrar su esencia divina. Adentro, la calle apenas se divisaba a través de un vitral opaco y a la de tantas por fin llegó el vino. Filippo pidió dejar perfumar el buqué. Eran ellos dos, un par de viejos latinos bastante anónimos en el centro de la gran ciudad esperando la guarnición de pasta, pero cómo no llegaba; Filippo sirvió a Carmela vino. Comenzaron a beber cuando el viejo llamó al mesero y le dijo en son de broma con un español entrecortado:

-Debo decirte que nunca otorgo propinas.

El mesero sonrió contestando que eso a él no le importaba puesto que su trabajo era servir y ambos se regalaron sonrisas, pero parece ser que al decirle yo no otorgo propinas, despertó la codicia del mesero y eso lo enfureció al grado de un espasmo colítico y ya veremos por qué. Pero en fin, Carmela pasaba la copa por sus labios y Filippo le hacía compañía. Los viejos habían pasado juntos más de veinte y tres años. En los últimos cuatro, Filippo utilizaba palabras que hablaban del pasado como vivos recuerdos y en reuniones con amigos, después de la segunda copa de vino solía hablar de cuando había recorrido como trailero la Europa entera. Y siempre culminaba diciendo:

-¿Sabes? Si pienso en ello, mis mejores años fueron cuando manejaba trailers. Che, cualquier trailero puede morir en la perdición si no tiene bien plantados los pies en el suelo ¿sabes?

Carmela alzaba la vista en signo de resignación y aseguraba:

-Sí, Filippo. Sé que pueden morir en la perdición si no plantan los pies en el suelo.

Carmela nunca se quedaba atrás, puesto que su mayor pulsión para seguir viviendo era el recuerdo de cuando había vivido en Buenos Aires y decía así:

-Cuando viví en Buenos Aires la gente caminaba muy a prisa. Todos eran deliciosamente guapos y al brincar sobre las calles yo sentía que aquel mundo se basaba en horas, segundos y minutos. Dios era el principal relojero ¿sabes? y a toda esa energía él le otorgaba la cuerda del rock.

Así. A lo largo de los años, Filippo había logrado una ingeniosa retórica del argot mexicano y dijo:

-¡A prego! No mames. Conozco esa historia como la palma de mi dedo. ¡Ah Carmela! ¡Carmela! La repites tanto que ahora me suena aburrida. ¡Che palle!

Continuaron bebiendo hasta que se presentaron ante sus ojos dos platos con una suculenta pasta italiana y hambrientos comieron mientras bebían vino. Carmela agitaba la pierna izquierda y Filippo no dijo nada porque sabía de las molestias de su mujer con la dolencia de las reumas. Al terminar el platillo, Filippo nunca preguntó a Carmela qué más deseaba tomar cuando un tanto enfadado con el mesero le ordenó dos grapas.

-Grapa auténtica por favor. Y ya sabes, no otorgo propinas.

-Sí señor. No otorga propinas. Dijo el jovencito con cara de enfado.

Giovanni Donadelli

Llegaron las grapas y bebieron. Bebieron y bebieron. De ningún modo pretendo afirmar que no tomaron grapas como cosacos. Lo hicieron. Pero algo raro aconteció cuando entraron juntos dentro de un espacio paralelo donde el mundo material comenzó a pasar de largo. La balanza se inclinó por el frenético entusiasmo de crear un libro de cuentos escritos por ella con fotografías de él. De pronto, los ojos gris plomo de él se desorbitaban y a los pocos minutos ella estaba igual. Ella reía como frenética y viendo distorsionados todos los objetos le comentó a Filippo que le causaba gracia su gran nariz. Filippo quedó tieso imaginando que estaba dentro de una lata de atún y cuando logró recapacitar le dijo a ella:

-¿Carmela me siento una sardina tú qué ves?

-Una niña verde. Contestó Carmela.

Ella comenzó a actuar quisquillosa con la bebida diciendo que no bebería más. Filippo soltó la carcajada y comenzó a cantar:

-Mexico e nuvole

Lei e´bella lo so

E´passato del tempo e io ce l´ho

Nel sangue ancor

Mexico e nuvole il tempo passa sull´America

Al terminar de cantar, ella estaba algo distante. Se le cerraban los párpados y no podía sostener la copa. Filippo se percató de que algo serio acontecía y al acto que pedía la cuenta el mesero llegó sonriente a cobrar una cantidad exorbitante. Adquiriendo conciencia, Filippo quiso reclamar pero el mesero le dijo que estaba demasiado borracho y que pagara para marcharse del lugar. Filippo observó una flor y dijo muerto de la risa:

-¿Sabes que esa es una espléndida flor pero bastante venenosa?

-No señor, ese es un clavel.

-¡No! ¡Esa planta enloquece a la gente!

Ambos apenas y podían caminar. Salieron del restaurante y al marcharse un mesero le dijo al jovencito que les atendió:

-¡No friegues! Se te pasó la mano del éter.

-Puede ser, pero esa parejita de viejos la debía de pagar.

Los ancianos subieron a gatas dentro de su camioneta amarilla, que para esos años era una verdadera carcachita del año 2007. Filippo dijo:

-Carmela ¿Te encuentras bien? Sta veramente messo male.

 

No cariño, me siento del carajo. Contestó Carmela. ¡Carajo! Cierro los ojos y veo imágenes

sin sustancia. Fantasmas horripilantes.

 

Carmela comenzó a sonreír y Filippo la abrazaba dándole besos en el cuello y la cara.

¡Para hombre! Quiero hablar muy seriamente contigo ¿Sabes algo? Conoces el deseo que tengo de que mis cenizas sean depositadas en el panteón “jardín eterno” debajo de un abeto y que alguien se encargue siempre de depositar a un lado de mi urna mole poblano en pasta y dulces de santa clara.

-¡No! ¡Che cavolo dice! ¡No me vengas con la diatriba de derrumbar mi sueño de posar en Italia en un mausoleo en La Certosa de Boloña. Tú eres muy emotiva. Eso eres. Dormiremos en La Certosa y punto.

-¡Chirriónes! ¡Yo sólo quiero posar en un bosque!

¡No!

De pronto mientras discutían sobre el probable reposo de sus restos, se escuchó una sirena y un patrullero se acercó a ellos, un rayo laser color verde intenso deslumbró los ojos de Filippo y este sintiéndose paralizado ya no pudo manejar. Detuvo el auto y se acercó caminando un oficial de caminos.

-¿Acaso va usted en estado de ebriedad? Hace un par de calles que viene manejando haciendo eses. ¿Puede enseñarme usted su licencia de conducir?

-Si claro.

-¡Um! Su licencia es de la unión europea y venció en el año 2015. Voy a tener que remitirlo al torito a menos que…

-¿Qué? Preguntó Filippo.

-¡Obvio! Exclamó Carmela. Quiere un tostón.

-¿Qué es eso de un tostón? Preguntó el oficial.

-Ah, lo siento, es usted un jovencito. Me refiero a dinero. ¡Plata! ¿Quiere dinero? Preguntó Carmela.

-No pues si vamos a esas tendrá que darme una buena lana porque en el 2037 ya no nos corrompemos como en su época.

-¡Ay jovencitos! Exclamó Carmela. ¡Filippo! Dale al hombre siete mil cuauhtemocs.

-¿Cuánto es siete mil cuauhtemocs en pesos? Preguntó Filippo.

-¡Ay no sé pero dáselos o te vas al bote!

Bastante enfadado Filippo sacó todo su dinero y muy mareado continuó su trayecto. Pero el sueño se impuso en la pareja y Filippo tan sólo pudo aparcar, se acomodaron para conciliar el sueño en una calle de un barrio desconocido y se quedaron dormidos escuchando “Paradise City” de Guns and Roses. Al otro día se despertaron en el sitio muertos de frío y sintiendo un fuerte dolor de cabeza. Carmela bajó del auto y de pronto exclamó:

-¡Me lleva! Ya vino el robot traga llantas.

-¡Cómo! ¡El traga llantas!

En efecto, el robot de la agencia de transito se había tragado una llanta y una multa posaba sobre el parabrisas.

-Registro: 2690- 00 -2037. Pase a pagar la multa de trece mil Cuauhtemocs a la brevedad posible. De lo contrario en tres días el auto pasa a la máquina trituradora.

Filippo y Carmela pagaron la multa e inmersos en una terrible cruda de éter y alcohol decidieron marcharse por siempre de la ferocidad de la capital.