Por oleadas, a veces como secuencia a cumplirse fechas memorables, de las determinaciones existentes en torno al Desarrollo Sostenible y todo lo que confluye en ese sueño planetario, hay reiteraciones de lo urgente para la vida terráquea, que acentúan pasos –algunos definidos con fechas fatales que se cumplen solo en calendario- para que convivamos con la naturaleza, de la que dependemos, en vez de explotar sin recato sus recursos de toda índole, fundamentalmente para mantener y acrecentar el confort de un porcentaje mínimo de la humanidad, en detrimento de su inmensa mayoría.
Corresponde aclarar que desarrollo sostenible, perdurable y sustentable, se refieren al desarrollo socioeconómico. Su precisión fue expresada, por primera vez, en el Informe Brundtland (1987), obra de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo, de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), producto de la Asamblea de la ONU en 1983. Tal tesis se aceptó en el 3er Principio de la Declaración de Río (3-14-junio-1992), mediante la expresión en inglés sustainable development, surgiendo la duda entre si existe o no diferencia al definirlo en español: desarrollo sostenible y desarrollo sustentable.
Lo cierto es que el tema nació en la academia, cuando en los 70s del siglo XX, científicos e investigadores sociales de diversas universidades y centros de investigación, establecieron que muchas acciones del proceso de vida existente, producían impactos negativo-acumulativos sobre la naturaleza. Sus investigaciones, claramente documentadas, corroboraron la irrebatible tesis de pérdida de biodiversidad. En su base, elaboraron teorías para explicar la vulnerabilidad de los sistemas naturales.
La diferencia existente entre desarrollo sostenible y sustentable es que desarrollo sustentable se entiende como proceso por el cual se preserva, conserva y protegen los Recursos Naturales para beneficio de las generaciones presentes y futuras sin considerar necesidades sociales, políticas ni culturales del ser humano. El desarrollo sostenible es el proceso que busca solventar carencias económicas, sociales, de diversidad cultural, en un medio ambiente benéfico para la generación vigente, sin poner en riesgo la satisfacción de las mismas necesidades a las generaciones futuras, de acuerdo a: Nuestro Futuro Común. (Informe Brundtland)http://desarrollosostenible.wordpress.com/2006/09/27/informe-brundtland/
En la práctica, poco es el avance logrado. Los investigadores sugieren tres partes a considerar: lo ecológico, económico y social. El matiz social vincula bienestar social, medio ambiente y bienestar económico. El triple resultado se valora mediante indicadores de desempeño en cuatro dimensiones: Conservación. Desarrollo sin afectar ecosistemas. Paz, equidad y acatamiento a los derechos humanos y, Democracia.
En naciones como las latinoamericanas, el proceso podría ser susceptible de llevarse a la práctica con mecanismos de respeto y consideración a los pueblos originarios, que prácticamente viven en las condiciones que los dejaron los españoles y otros invasores, tras la conquista: destrucción de su medio y yuxtaposición de culturas. Allí deben solventar necesidades como: mejor alimentación –sin alterar sus costumbres y organizaciones para la producción, cosecha y distribución espacial de los productos- ropa, vivienda –en los dos respetando costumbres y requerimientos más sentidos- y trabajo, que fortalezca su manejo ancestral del mercado interno.
Un rubro que puede ayudar a mejorar las condiciones reales de vida de estos pueblos, dándoles caminos para su desarrollo autónomo es la educación. Esta se vino impartiendo con un sentido de arrastre de dichos pueblos hacia su incorporación a una vida que no apetecen y que solo les afecta en sus intereses. La educación indígena se ha referido a aquello que se considera que los indígenas deben saber, no la instrucción o enseñanza que los indios mismos imparten o impartieron. Hablar de educación indígena supone una apreciación externa de sus culturas. Esto está terminando, pero con muchas dificultades.
Las diferentes poblaciones, culturas y lenguas que comparten un mismo territorio y le hacen pluricultural y plurilingüe, o participan en un solo proyecto de nación, siempre viven situaciones conflictivas. Hemos otorgado a los nativos categoría inferior a la de otros. El acatamiento, la explotación, su exclusión de las decisiones –educativas, políticas- hacen de la diferencia, históricamente, una debilidad. Toda estrategia indigenista se venía orientando a achicar distancias entre culturas para reducir brechas. Implica renuncia del indio a su cultura y adopción de la dominante.
En México la prohibición de usar lenguas nativas en asuntos oficiales data del siglo XVII, dejándoles indefensos frente a leyes y mecanismos que les despojaron de sus tierras y otras afectaciones y maltratos sin fin. La persistencia de tantas lenguas hasta ahora es señal del fracaso de dichas políticas. Apenas si en el 2003 reconocemos legalmente a nuestro país como una entidad multicultural y multilingüe. Ello abre la puerta a un cambio radical en la política que buscaba la desaparición de idiomas autóctonos. La castellanización obligatoria aún existente en algunas escuelas indígenas, muestra la ambigüedad de dichas leyes.
Durante la presidencia de Cárdenas se genera el indigenismo oficial, que finalmente impulsará la fundación del Instituto Nacional Indigenista (INI). Igualados los programas de educación rural y urbana, el INI habrá de suplir de manera integral las carencias de los indígenas, con trabajo intersectorial. La educación continúa sin cambios cualitativos sustanciales y con enormes avances cuantitativos. El quiebre se da con la creación de una dirección exclusivamente para la educación indígena. Esta se planea y consolida en los setenta y los ochenta del S. XX.
La aparición de una nueva conciencia indianista, las luchas por las reivindicaciones y derechos de los pueblos originarios y el desarrollo de la antropología y las ciencias sociales, impulsan la creación de un sistema de educación específicamente dirigido a los indígenas. Tras algunos titubeos, cristaliza en la Dirección General de Educación Indígena. En ella, tras un poco más de 30 años de tarea, con pocos recursos y un gran espíritu de servicio, se atienden alrededor de 22 mil escuelas en todo el país. Allí acuden cerca de un millones y medio de niños, de todas las etnias que hablan lenguas indígenas. En muchas de ellas aún no está el docente adecuado. Es uno de los hándicaps en que se requiere trabajar con ahínco.
Desde su surgimiento hace más de tres décadas, hasta nuestros días, esta Dirección se ha ocupado de la educación en lenguas maternas y de la formación de docentes bilingües. La institución ha sufrido diversas transformaciones. Es la primera y más importante acción en el campo indígena que se haya emprendido en la historia de la educación en México.
Mucho puede decirse respecto a la relación estrecha entre economía sostenible y educación, pero esto es solo un apunte. La historia de la educación nacional y de la indígena es la historia de la ideología, corrientes antropológicas, expectativas políticas del país. En ella está el mapa de como se viene creando el presente y futuro de la patria, el destino de los indios y de la nación entera. Cualquier medida a tomar, como la búsqueda de que la educación guíe a los pueblos originarios hacia una vida toda, dentro de la economía sostenible –de la que no están lejos- impulsa el proyecto democrático de todos los mexicanos.
Correo electrónico: v_barcelo@hotmail.com Puebla, Pue. 5-mayo-2013.