“Ninguna persona es una isla;/ la muerte de cualquiera me afecta,/ porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca/ preguntes por quién doblan las campanas;/ están doblando por ti.”
Estos son unos versos del conocido poema del poeta inglés John Donne (1572-1631) que Ernest Hemingway inmortalizó en su celebérrima novela “Por quién doblan las campanas.”
Y viene a propósito de dos sensibles fallecimientos ocurridos este inicio de semana, entre otros como el de Pedro Vázquez Colmenares, ex gobernador de Oaxaca, y el del escritor Miguel Capistrán, más las decenas de víctimas de la absurda guerra de Felipe Calderón.
Me refiero al deceso de Alonso Lujambio, cuya labor en la SEP (tema al que me refiero en más de una ocasión en mi libro “Es la lectura, idiotas”) fue muy criticado por más que el Presidente hiciera un panegírico de él, y ya no se diga respecto del asunto de los festejos del bicentenario, con todo y el monigote que mandaron hacer llamado “Coloso”, además de la estela de luz (vox populi: estafa de luz). Pero dicen que no hay muerto malo, amén de que Alonso Lujambio murió joven y víctima de una enfermedad terrible. Y no obstante los cuestionamientos que se le puedan hacer, no está por demás recordar a los políticos, provincianos y capitalinos, que a veces no vale la lucha extrema por alcanzar el poder: lo que cuenta es usar el poder para servir. El poder, tarde o temprano, se acaba. Verse en el caso de Alonso Lujambio sería un buen ejercicio.
La otra sensible pérdida es la de Julio Martínez Rivera, un excelente periodista, pero sobre todo mejor persona. Un amigo y colega, pues juntos trabajamos hace algunos lustros en un proyecto periodístico regional al lado de nuestro común amigo Jesús García Solís. Julio había concluido una maestría en educación, y trabajaba, paradójicamente (pues murió debido a otra terrible enfermedad), generando salud en la Licenciatura en Educación Física del Benemérito Instituto Normal del Estado. Hace no más de un año me invitó a dar una conferencia a sus alumnos, lo que acepté con gusto.
Descansen en paz, y ambos (como los miles de mexicanos que han muerto en este sexenio) nos deben doler más que por lo que fueron, por ser parte de nosotros, de la ínsula que formamos como seres humanos: la humanidad.
@miguelcamposram
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