“La mitad de la alegría reside en hablar de ella”
Proverbio persa.
Hace muchos, muchos años en una casa grande con jardín gigante, se rompió la alcancía de una niña repleta de riqueza interior e ilusiones. Aquella niña era menudita. De piel blanca pero morena por el sol. La niña acudía a clases por la mañana pero al volver de la escuela arrumbaba la mochila en la puerta de la casa y generalmente pegaba respingos en momentos en que sus padres la obligaban a comer cuando ella en realidad no tenía hambre. Pero mientras sentada ante una mesa en la que cabían ocho, su mente viajaba soñaba sola imaginando con volver a brincar hacía la calle, a ese laberinto lleno de fantasías y juegos tan suaves como rudos que compartía con una gran pandilla de niños de diversas edades y demasiado escandalosos. Aquel laberinto era en realidad para muchos de ellos la representación misma de la libertad. Y así, como dueños de los campos aledaños y otros caminos de tierra sin trazo alguno lograban largos recorridos saliendo inclusive más allá de las fronteras permitidas. Pero volvamos a la historia independiente de nuestra niña:
Hablemos únicamente de sus doce años. Pues aquel año de su vida observó de manera imprevista y sorpresiva cómo nació en su interior aquel primer amor que uno nunca olvida. Un jovencito de su misma edad, delgadito y de pelo castaño hasta la nuca, la flechó al instante en que ella lo vio por primera vez. La pandilla lo notó inmediatamente y pronto comenzaron a hacerles bromas señalándolos con el dedo gritando ¡Son novios! ¡Se quieren! Pero ella en realidad no tomó en cuenta aquellos comentarios típicos de la edad y sin embargo puso empeño en lograr que el jovencito la mirara. Pasó poco tiempo hasta que un día los pájaros posados en los cables de luz cantaron dulces melodías llenas de gloria y en completa complicidad con ella, inclusive se encargaron de lanzar la flecha de cupido con el ánimo de pegar en el tino y entonces él la miró; un par de horas después, el jovencito la invitó a dar una vuelta en bicicleta al fraccionamiento, y justo a la mitad del camino se detuvieron. Él bajó de su lujoso y moderno vehículo de dos llantas todoterreno para dejarlo caer al ras del suelo, y acercándose a ella cautelosamente sacó del bolsillo trasero de sus jeans una carta que llevaba en su interior pétalos de rosas. La niña morenita jamás sintió más calor proveniente de aquellos rayos de sol que eran su mismo techo, nunca más que en aquella ocasión, y entonces aquellas almas de niño y niña se prometieron amor eterno. Así que pasaron juntos el día entero dando vueltas en sus bicicletas con el experto arte de manejar el manubrio con una mano y permanecer prendidos de la otra, inclusive lográndolo cuando brincaban topes o caían en algunos baches. Así pasaron juntos muchos días encontrándose debajo del sol, atravesando los confines más maravillosos, luego aparecía la tarde y ellos dos mojados por el chaparrón seguían juntos dándole paso inclusive al regalo delicioso del saludo en caravana que les brindaba su aliado el arcoíris. Caía la noche, se prendían las farolas y cada uno de vuelta a casa se hacía la promesa de volverse a ver al día siguiente. Pero, ¡Uf! Una tarde veraniega y en un descuido de la niña, se asomó desde la ventana de su casa para ver qué pasaba en el barrio, y en un tremendo impacto se le derritió el corazón como una espesa malteada cuando observó a su príncipe azul paseando prendido de la mano de otra niña rubia, bastante desarrolladita y de pechos voluptuosa. Nuestra niña no lo podía creer, su amor eterno la había traicionado y entonces ella, que era bastante delgadita y sin pechos aún, se sintió tan sólo un frágil gorrión con el ala rota, y de inmediato, todo aquel amor que le profesaba a su antiguo novio se transformó en tremendo enojo y corrió a su habitación a romper la cartas repletas de corazones que alguna vez ella creyó provenientes del más potente amor. Así comenzaron los días de tormenta, dentro de los cuales ella le declaró la guerra al jovencito.Varias veces llamaba por teléfono a su casa y cuando él contestaba la niña le gritaba algunos improperios que ya se sabía y que eran provenientes del susurro de las calles. El niño algunas veces le colgaba y alguna vez le dijo enojado que sus papás la iban a acusar con su mamá. Pero la morenita era ya un jinete salvaje montado en su potro y continuaron las desavenencias hasta que un día, la niña volvió a llamar a la casa donde ante sus ojos habitaba la traición y cuando el padre de familia atendió el teléfono, ella, sin ningún miramiento le gritó al adulto unos cuantos más improperios, susurros propios de su niñez, y de inmediato le colgó. La tormenta se le vino a la morenita cuando a través de la ventana y a lo lejos observó al padre y a la madre del niño pegar semejante portazo al salir de aquella casa para luego dirigirse en dirección a la de ella. La niña comenzó a sudar del mostacho de puro miedo y nerviosismo. Pero en la casa suya, y por pura suerte no había nadie más que ella, su nana y el perro. Así que de inmediato corrió a contarle a la nana lo que estaba por llegar y entonces la mujer adulta que siempre había sido su cómplice, tomo riendas en el asunto cuando los señores tocaron a la puerta tres veces y con una enérgica furia. La niña ya estaba escondida y aterrada en la regadera junto con su perro negro, mismo al que ella estaba dispuesta a ordenar ¡Ataca! Si era necesario. Pero la nana zafó con zafe y gran arte el altercado, y cuando los señores se fueron y hubo pasado el peligro comenzaron a reír para luego bajar a la cocina para celebrar con tamales y chocolate caliente compartiéndole incluso grandes cantidades de la masa de maíz al perro fiel, pues quedaba claro que en el altercado él también era cómplice y que lo sabía todo. Al anochecer la morenita fue ducha en comprender que si seguía con aquel juego de una verdadera niña malcriada se metería en un lío gordo, gordo con sus padres, así que decidió callar la boca y nunca más molestar a los vecinos. Pronto comenzó a sufrir ciertos temores que guardaba con candado en el corazón. Así que de noche, mientras sus hermanos soñaban que se iban a la caza de serpientes y dragones, ella lloraba a escondidas
dentro de su cama, y eran sólo las dulces sábanas blancas con flores moradas las receptoras compasivas de sus lágrimas. Para entonces pasó cerca de un año y la chamaquita había vuelto a la pandilla. Una tarde mientras junto con sus aliados jugaba a brincar en bicicleta las rampas de una larga pista que se habían manufacturado en el campo, llegó desde otras trincheras la noticia de que el príncipe de las tinieblas, aquel chamaco de pelo castaño pero en ese mismo momento ya lo tenía largo hasta el hombro había resultado demasiado promiscuo y que en un chanfle había metido gol embarazando a la rubia de senos voluptuosos. Así que la menudita dio gracias al cielo porque ella era ella, y no la rubia que pronto tendría la panza como una pelota. Y disfrutó de los siguientes días con gran intensidad. Pasaron unos cuantos meses cuando la pandilla se comenzó a dispersar y la morenita había abandonado la bicicleta para darle paso a una motoneta color azul cielo, y una vez posicionada en el ambiente de las motos con una velocidad más potente que el de las bicicletas conoció a una chica llamada Ana Julia que muy pronto se volvió su mejor amiga más allá de toda la comarca. Ellas dos comenzaron a reunirse todas las tardes y pasaban largas horas paseando montadas en la moto azul y a toda velocidad rompiendo el viento del fraccionamiento. Escuchaban a roxette compartiendo los audífonos de un walkman de casete mientras pegando de gritos al ritmo de la música, iban provocando la ira de algunos adultos que se quejaban de que algún día se iban a matar o que de lo contrario terminarían llevándose por el cuello a otros niños. Pero no todo era la motocicleta. Y les contaré lo siguiente: Ana Julia tenía una primita recién nacida y algunas veces con la autoridad de la mamá salían a pasearla en una bella carriola. Una tarde de paseo con la recién nacida, se les ocurrió jugar una pequeña broma y escribieron una nota que decía algo así:
Señora querida: Le dejo a mi bebé. Yo no puedo quedarme con ella. Gracias. Cuídela mucho. Es güerita y muy sana. Casi nunca llora.
Así que las niñas pusieron la nota en los tiernos brazos del bebé, la colocaron en la puerta de una bonita casa y tocaron el timbre para luego salir corriendo a esconderse. Fue por algo un tanto sui generis combinado con la complicidad del propio destino que intervino atinadamente provocando que fuera precisamente la señora de aquella casa quien acudiera a abrir la puerta, y entonces las dos niñas la gozaron soltando cantidad de risitas y cantando “A la víbora de la mar, por aquí pueden pasar” cuando escondidas detrás de una barda a media asta observaron cómo la señora bastante afligida calló redondita y de pechito. La vieron sumamente sorprendida. Daba pasos a un lado, luego para otro intentando una explicación, y cuando realmente pescó el anzuelo de las dos pillas, tomó la carriola para acto seguido meterla delicadamente en su casa y luego cerrar herméticamente una gran puerta. Pero entonces la morenita y Ana Julia realmente comenzaron a sudar la gota fría cuando se percataron del verdadero problemón en que se habían inmiscuido. Comenzaron a inventar distintas técnicas y métodos para penetrar en aquella casa y llevarse a la primita como dos fantasmas y en sigilo, pero el mundo se les vino encima cuando acudieron a la parte trasera de la casa y observaron una barda imponente. La barda más impenetrable de todos sus tiempos. Y fue después de mucho rato, que sudando la gota gorda y rompiéndose la cabeza, hubo que rendirse. Así que acudieron a la puerta con las trenzas avergonzadas para explicar a la nueva madre adoptiva la terrible broma. La señora, que en pocos segundos se había enamorado de los ojos azules del tierno bebé pegó a las señoritas tremendo grito en medio de una severa regañina que junto con dos dolorosos pellizcos en el brazo de las niñas descargó toda la ira acumulada en un mes. Les entregó al bebé recién alimentado de papilla de manzana diciéndoles que nunca más las quería volver a ver rondando por su casa y fue así que las dos amigas tomaron camino con las piernas temblorosas para devolver a la primita rechoncha dentro de su verdadero pesebre, y lo hicieron cruzando los dedos como un signo de promesa. De que nunca jamás debían decirlo a nadie. Luego pasaron un par de veranos más cuando el destino separo la gran amistad de estas apenas dos señoritas. Una estaba en Puebla. La otra en Texcoco. La morenita logró terminar la secundaria a regañadientes para luego pasar a la preparatoria y comenzar a olvidar la traición del primer amor conociendo algunos otros amores mucho más varoniles y guapos. Aquella broma de las dos amigas en realidad nunca nadie la supo, hasta casi veinte años después cuando la carriola del bebé ya se había convertido en auto convertible y entonces con las almas ya sin pena nada tenían que temer.
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