Se abanica suavemente sentada ante una mesa redonda en aquel jardín de fiestas infantiles. Los niños corretean, las mujeres los vigilan y los hombres beben. Entonces ella posa el abanico sobre el mantel y a continuación toma un trago de refresco. Observa a la pequeña Regina recién bautizada expulsar calostro por la boca mientras es sostenida en los brazos de su madre y entonces pestañea puesto que la noche anterior no logró conciliar el sueño, y es que el insomnio es a causa de la preocupación que siente por su nieto mayor. Entre ella y él existen cerca de 600 kilómetros y 50 años de distancia y así, mientras la fiesta transcurre, recuerda calladita el día que lo vio nacer y presentarse al mundo de nalgas, atado por el cuello al cordón umbilical y con dificultades para respirar. En ese momento, a unos cuantos metros de distancia los padrinos de Regina tiran el bolo y los niños se avientan a recolectar las monedas, un mesero se acerca a ofrecerle café y ella acepta. Al mismo tiempo que vierte azúcar dentro del líquido, se queda perpleja al mirar la imagen de su hijo, padre del nieto brindar alegremente y sin ninguna preocupación. La anciana toma su abanico y en ese instante se acerca a saludarla una rubia jovencita, ella disimula estar alegre dándole un beso señorialmente y cuando la chica ya había partido, le vino a la mente la idea de enviarle a su nieto una carta al comedor de las madres vicentinas puesto que sabía que en esa playa de Oaxaca aquellas mujeres le daban cobijo al chico de manera recurrente. Una naranja agria cae a su costado mientras ella sueña con lograr contactar al nieto, la distrae un niño pequeñito que se acerca a la mesa y la pide dinero al papá, pero el padre le niega la petición y este rompe en llantos y berrinches. Esa escena da como resultado que a la anciana le vengan a la mente aquellas pataletas de su nieto cuando se le negaba un juguete o un dulce y sonríe, pero luego pasa las manos sobre su frente cuando piensa en aquellos días en que el chico robaba de su bolsillo, y que inclusive se robaba las tuberías de gas de la zotegüela para vender el cobre y obtener así sustancias prohibidas. A día de hoy, ella lo sueña muchas veces aún despierta y lo imagina esquelético y con su característica pinta camaleónica del típico drogadicto moribundo. Todas las noches le ruega a Dios que él logre llegar a viejo, porque presiente que algún día no muy lejano lo asesinaran aquellas sustancias que a diario introduce con agujas venéreas en sus venas. El mariachi hace acto de presencia en la fiesta y un grupito de nietos parados a un lado de la anciana brinda con ron de caña. Ella se pregunta si en realidad está el horno para bollos puesto que sabe que ahí mismo ha quedado una silla vacía, misma silla que le pertenece a el joven que tanto le ha quitado el sueño y observando a los nietos brindar jugueteando, se percata de que ha llegado la noche y un sueño profundo cae como plomo en sus parpados. Se acurruca posándose sobre la mesa, el abanico permanece semi abierto a un lado suyo y con los ojos a media asta piensa que si no logra ver al chico antes de su muerte sería maravilloso que allá en los cielos al volverse a encontrar él le dijera:
-Abue, aquí como me ves, un día harto del vicio logré salir del laberinto y me aferré a vivir. Me mató la vejez y no como mi padre pensaba que moriría apaleado como un perro o aplastado por un camión.
Después ella cierra los ojitos más serena mientras se escuchan carcajadas, mariachis y un constante tronar de copas. El viento se le cuela por la espalda y acto seguido cayendo de sueño susurra:
-Te extraño mi niño. Aquí sigo pendiente de ti.