-Perfecto. Dijo Bernstein. Alcanzar mi objetivo será un corto recorrido de 149 pasos de ida y vuelta. Voy a la esquina y estaré en un instante de regreso.
Fue así que al llegar a la tienda pidió un chocolate con vainilla pero se percató de que no traía puestos los guantes y de pronto sintió un sudor frío que recorría su cuerpo desde la coronilla hasta los pies.
-¡Tonto! ¡Tonto! Exclamó.
La señorita que lo atendió puso el helado sobre el mostrador y le dijo al profesor:
-Son veinticinco pesos.
Bernstein sacó de su bolsillo derecho un monedero y un tanto sudoroso le dijo a la señorita:
-¿Me hará el favor de sacar los veinticinco pesos de la bolsita?
-¡Vamos señor! Hay mucha gente como para que me ponga a perder el tiempo ¡Ande! ¡Pague! Dijo la cajera molesta y ofuscada.
El profesor no tuvo otra opción más que la de sacar las monedas con las manos desnudas y de regreso a casa caminaba enojado, buscó en su bolsillo lateral el gel antibacterial pero tampoco lo portaba encima y se decía:
-¡Tonto! ¡Tonto! ¿Cómo fuiste a olvidar los guantes? ¡Tonto! ¡Tonto! Ahora vas contaminado.
Cerca de 20 pasos había dado a la intemperie de la tarde helada cuando sintió una intensa comezón en la nariz pero no pudo rascarse por miedo a introducir bacterias en sus orificios nasales, apresuró el paso y al llegar a su casa corrió al baño para lavarse las manos. Esa noche el profesor durmió inquieto, se despertaba constantemente pensando en que tal vez esa tarde podría haber pescado algún tipo de bacteria asesina que portaban las monedas y temió por su salud pensando que lo mejor sería tomar algunas vitaminas para alzar las defensas y así transcurría de manera cotidiana la vida del profesor; jabón, gel antibacterial, guantes, laboratorio, vitaminas y pañuelo. A menudo pensaba en tomar clases de piano con su alumna Jenny, pero el tema era un poco complicado porque tocar las teclas con los guantes no era la mejor idea y si desnudaba sus manos se podría contaminar. Pasaron los días y el profesor Bernstein llevaba a cabo el proyecto llamado “induced pluripotent stem cells” e impartiendo clases era feliz, así se le pasaba la vida en completa tranquildad, pero un día se topó en los pasillos de la facultad de frente con Jenny y se saludaron, ella le preguntó si estaba listo para la clase y como la curiosidad lo hacía presa desde hacía ya un tiempo, a los pocos segundos decidió decirle que estaba dispuesto y le dijo:
-Sí. ¿Podrás ir a mi casa una vez por semana de preferencia los jueves por la tarde?
-Si puedo. Contestó Jenny.
-Muy bien pues quedas contratada. ¿Llevarás el instrumento?
-Por supuesto maestro. Tengo uno portátil.
-Te espero entonces el jueves a las cinco. ¿Te parece bien?
-Correcto. Yo sé que usted podrá aprender muy rápido.
Así pasaron los días. Llegó el jueves y con él, Jenny, la alumna, se presentó en casa de Bernstein al cinco para las cinco de la tarde, tocó el timbre y el profesor abrió la puerta y de manera atenta dijo:
-Jenny, adelante pasa. Estás en tu casa.
Jenny entró y adentro sintió el aire un tanto espeso y comentó:
-Hace calor aquí adentro ¿podrá abrir una ventana para que entre aire puro?
-Lo siento Jenny si abro las ventanas penetra el esmog.
-Ah. Bueno pues no tengo problema entonces.
Jenny puso el piano sobre la mesa y comenzó a tocar piezas de Bethoven, Bernstein estaba anonadado y le dijo que aquella música sonaba a una oda hacia los cielos. Jenny sonreía y el profesor entonces se sintió seducido por la chica y se puso rojo como una manzana.
-¡Vamos profesor haremos unos ejercicios para que tenga flexibilidad en los dedos, por ahí empezaremos! Deberá quitarse los guantes.
-¡?Cómo!
-Si profesor, quítese los guantes.
-…yo no. …no. Yo …no …no puedo hacer eso.
-Profesor yo sé que teme infectarse conmigo o algo por el estilo, pero no tiene nada de qué temer, podemos lavarnos las manos y luego ambos nos ponemos gel antibacterial ¿qué le parece? ¡Ande!
-Bueno. Si así lo planteas entonces vamos al baño a desinfectarnos y después hacemos los ejercicios que indiques.
Y así, con las manos de la chica desinfectadas, Bernstein ya estaba más tranquilo. Se sentó delante del piano y comenzó a practicar aprendiendo a tocar las notas desde tocar un do central hasta sí bemol. Como era de esperarse, de pronto hubo contacto físico entre ellos dos y hacía muchos años que Bernstein no sentía la tersa piel de las manos de una mujer, fue entonces que las suyas comenzaron a temblar mientras las mejillas blancas le enrojecían. Jenny tocaba notas suaves y él observaba estupefacto a la maestra. Así pasaron un par de semanas y Bernstein estaba fascinado con la chica. Los jueves eran el día esperado y verla llegar puntual a casa lo llenaba de alegría. Una tarde, mientras tomaba clase de piano sintió que las manos de Jenny le estaban hablando, que lo estaban seduciendo, vio en ella a una mujer de sonrisa seductora y aunque se aferró con uñas y dientes a no ceder no pudo contenerse, ella tocando una nota grave le murmuró al oído que era un hombre interesante y después como podría llegar a pensarse terminaron desnudos sobre el sillón. Díez años había pasado Bernstein en obligada castidad debido a sus obsesiones de un posible contagio venéreo, VIH o hepatitis y ahora resultaba estar preocupado pero no tanto, pues se sentía feliz por haber sentido por fin el placer olvidado y además algo un tanto supersticioso le hacía confiar en la alumna y ahora que ella se había entregado dócil a sus brazos debía replantearse la decisión de entablar una relación con una chica 16 años menor que él o continuar con ese romance de hombre y soledad. Estaban desnudos sobre el sillón de la televisión cuando de pronto la aflicción lo cundió y es que si alguien se enteraba de aquel suceso se metería en graves problemas, en la Universidad ella era la alumna y él el profesor, pero en casa ella era la maestra y él el alumno y además de todo, Jenny iba cada jueves a verlo por su propia voluntad. No pasó un mes cuando Jenny ya amanecía a escondidas con él. Ella ventilaba la casa, dejaba entrar el viento y echaba patas para afuera el ambiente espeso al que solía estar acostumbrado Bernstein. Qué placentero era para el profesor ver a Jenny instalada en por las tardes cómodamente en el sofá en camiseta y calzones. Ella le llamaba pipu. A veces Jenny iba por la casa de un lado para otro fisgoneando y en una ocasión cuando Bernstein estaba de vuelta de la Universidad la chica lo recibió con un plumero.
-¿Qué haces con eso linda?
Jenny se quitó el fleco de la frente y aseguró:
-Hay mucha telaraña en esta casa.
Bernstein alzó los brazos pasando las manos por la nuca y le dijo a Jenny que aquello era una locura, no podía haber telarañas puesto que él odiaba los insectos.
-Mira. Dijo Jenny. Hay una en esa esquina y había otra gigante detrás del refrigerador.
El profesor se mantuvo en silencio y tan solo se dedico a mirar con sus grandes ojos llenos de atención a la chica sacudir la casa, entonces maravillado por los nuevos aires que Jenny había introducido en su vida, sacó del bolsillo derecho su pequeña grabadora y la encendió para grabar lo siguiente:
-Iremos a la cama en este instante, mi chica siempre recuerda que deberemos desinfectarnos antes las manos, hoy yo vengo de la calle y ella ha rozado polvo y telarañas pero aún así cumpliremos con el encargo del universo, yo la pienso y sé que he elegido a la persona a quien otorgar todos mis créditos y si ella tiene hoy un derecho ese es el de la inclusión a mi corazón ¡Eco! ¡Sí, eco! ¡Eco! ¡Eco!
-Está bien Pipu, vamos, pero debo decirte que esas obsesiones tuyas son un verdadero caso clínico. Deberías atenderte. Nunca había visto que alguien coleccionara tantos jabones verdes apilados en el lavabo del baño, ni que toda la comida la empaques herméticamente adentro del refrigerador, no puedes seguir con esas loqueras de utilizar guantes y pañuelos, desinfectarme cada vez que nos desnudamos y grabar tus pensamientos en esa grabadora.
Así pensaba Jenny pero por lo tanto por las noches la ventana de la habitación era puro vaho, el aire helado del cuarto no lograba petrificar ambos cuerpos ardientes. Una noche de tantas Jenny comenzó a orinar frecuentemente, se levantó al baño y al volver despertó a Bernstein para comentarle que seguramente tenía cistitis puesto que le dolía la vejiga al ir al baño. El profesor le dijo que se durmiera y que al día siguiente irían al médico, pero al despertar, Jenny se sentía bien y ya no quiso ser atendida. Así pasaron juntos cerca de un mes más inmersos en la felicidad y ocultando su amor ante alumnos y maestros. En clase intentaban no dirigirse la palabra para evitar sospechas. Una mañana, el profesor despertó a Jenny con el desayuno en la cama pero algo sucedió, tal vez los huevos estaban crudos o pasados porque al dar el primer bocado, Jenny corrió al baño a vomitar, en fin, lejos de eso…
Continuará…