BERRINCHE LATINO

Noticia escrita el: 10 junio, 2013 | Por: Carmina Breton

Enojada con el amor porque no fue partícipe de mi capricho subí enfurecida mi maleta al auto para salir con la radio a todo volumen a eso de las siete de la tarde desde Puebla con rumbo a Tepoztlán. Una llamada al celular. Contesto y su voz me afirma:

-¡Juegas rudo!

Luego cuelga. Me enojo aun más e intento llamarle de vuelta pero del otro lado la grabación de una señorita con voz indecente me dice:

-Lo sentimos, el número celular al que se ha comunicado se encuentra apagado o fuera del área de servicio.

El impulso loco de un macho latino me había destrozado el ego mientras yo iba pensando el modo de devolver la pedrada con torturas inquisidoras en aparatos de tortura medieval. Inmersa en la ira llegué a la caseta de Atlixco, abrí la ventanilla, pagué y sin decir adiós me marché. Envuelta en una lloviznita ligera cantaba canciones de despecho e iba manoteando mientras sonaba el estéreo. De pronto el celular vibró en mi entrepierna e inmediatamente puse atención al siguiente mensaje:

-No me pidas más de lo que puedo dar. Lo siento. Mañana te alcanzo en Tepoztlán. Besos.

Puse al lado del copiloto el teléfono para continuar con la aventura cuando de pronto tremendas gotas comenzaron a salpicar el parabrisas. Acto seguido todo el campo parecía estar inundado y mi visión era nula, prendí el defrost pero me costaba seguir las líneas de la carretera y comencé a preguntarme si el camino que había elegido resultaba ser el mejor. Observé el reloj del tablero del auto para percatarme de que la noche me había abrazado con severa oscuridad y la tormenta. Me detuve en Atlixco en busca de un hotel donde refugiarme, pero la cosa se puso aún más difícil cuando después de cuatro intentos un recepcionista me dijo que a esas horas sería prácticamente imposible encontrar habitación en el centro. Empecinada en encontrar algo digno recorrí el pueblo entero y cuando felizmente veía un cartel de hotel, al acercarme me iba percatando de que afuera estaban a la espera de ciertos caballeros con pesos en la bolsa varias doncellas de la noche.

-No. No es la opción. Me dije.

Luego de varios minutos perdida debajo de la granizada y a punto de la crisis nerviosa comencé a reír mientras me preguntaba cosas tan idiotas como:

-¿Cuándo podré pasear en limusina en Los Angeles California?

Y luego afirmaba:

-¡Qué pedazo de mujer más berrinchuda y predecible!

Volví a tomar la carretera pensando en encontrar un sitio donde pasar la noche pero todo aquello era bruma y lluvia. Luego reía nerviosamente y me decía:

-¡Claro! A esta paso jamás mostraré mi rostro en Hollywood. Pero cualquier estrella bien puede esconderse por aquí de los paparazzis.

Pero no necesitaba fama para ser una pequeña estrella de foquitos fundidos de feria en aquel sitio solitario. De pronto pude ver una flecha de roja luz alumbrando un cartel que rezaba:

-Hotel Spa Villa Piramidal.

Di gracias y giré al volante para entrar en un camino de terracería. Ni siquiera pasó por mi mente el peligro, atrás había dejando el pasado para salvar mi futuro. Iba yo entre lodo y piedras sin lograr divisar una sola alma humana cuando un tlacoache callejero brinco debajo de unos periódicos mojados soltándome una mirada de rayo láser. Al instante el animal se esfumó de mi vista y continué la búsqueda de la guarida cuando por fin pude ver a lo lejos la entrada al hotel. Al llegar bajé del auto y toqué una campana. Pasó un minuto cuando un hombre salió al encuentro y le pregunté si tenía habitación a lo que pudo responderme afirmativamente. Rauda pagué la noche y otro hombre se presentó ante mí; su nombre: Armando. Así que Armando y yo nos dirigimos a la habitación y fue pronta mi sorpresa cuando observé entre el aguacero cantidad de estructuras de pirámides egipcias pintadas de rosa y de blanco. El hombre me condujo a la pirámide once y al entrar me quedé pasmada; las paredes estaban inundadas de dioses egipcios y Armando me dijo que aquellas estructuras atrapaban en sus picos energía y que los seres que ahí descansaban recargaban toda la pila. Después Armando se marchó y yo me recosté en una cama que parecía una nube y que ante la imaginación parecía el mismito aposento de Tutankámon, así que me puse el pijama y dormí dentro de una pirámide soñando con encontrar a la mañana siguiente el cristal de la sabiduría. Al despertar me percaté de que había dormido tres horas más de lo que acostumbro recuperando el aliento. Salí entre un solazo y calor tremendo en busca de café americano y ahí estaba Armando, mismo que me saludó tan amistosamente que en aquellas cortas horas me pude percatar de que es un buen hombre. Cerca de mi pirámide estaban dos perros como cachorros de león domados adentro de una jaula y cuando Armando se fue en busca de café le pregunté a una doñita que barría el piso dónde me encontraba; ella me dijo que cerca de Tepeojuma y a lo lejos en algún sitio cercano retumbaba en las bocinas “…mi Matamoros querido nunca te voy a olvidar” Vaya que me di cuenta que no estaba tan lejos de casa. El celular volvió a sonar y cuando contesté su voz me dijo:

-Linda te pasas. Llevo la noche entera sin saber de ti. ¿Dime dónde te veo?

-Estoy en Tepeojuma en un sitio maravilloso. Ya casi reencarno en Cleopatra, créemelo. Ven y lo verás.

-Ah. Ok, ok. Voy por ti. Ciao.

Y comiendo elotes asados, bebiendo atole de amaranto y escribiendo esta historia espero a mi amor pensando en volver la semana entrante a terminar la aventura.

-Set ¡…sé que volveré! ¡Ahora nos vamos a Tepoztlán!