En este día 16 de septiembre del año 2013, mismo en el cual se celebra la Independencia de México, doy en conocimiento que ha regresado a mí la melancolía. Me siento como una copa de agua vacía y afuera huele a otoño. Escribo semi despierta mientras un viento frío penetra por el rendillo de la puerta. Son las diez a.m. y veo que el pueblo se apresura para llegar al desfile. En este lunes gris las nubes amenazan con una tormenta, y percibo en mis entrañas que el antiguo imperio prehispánico Cholulteca aún ruge de vida. Ayer en un arrebato la vida me ofreció una pizca de su licor amargo, fue entonces que al amanecer, una idea vagabunda me ha estremecido, ya que después de la fiesta y su exceso me desperté con cara de clown de circo y en un torpe descuido derroché la taza de café en mi cama vacía. Ayer, el grupo reducido de “sombrereros locos” pasamos la velada en casa de Toño y su paloma, una casa tan suave como una mariposa multicolor llena de alegrías a contraluz. Y mientras el amigo de Iliana leía con ímpetu el cuento “Los purificadores de agua” en voz alta, todos reíamos, y yo a su vez, comenzaba a sentirme presa de algunos miedos. Minutos después, la paloma se lanzaba a surcar los cielos con sus danzas arabescas. Bailamos y bebimos tequila y ron acompañados de una ligera llovizna. Pero creo que al amanecer perdí mi caja de ilusiones y siento que hoy la depresión me encajó una vez más su candente sable. Debías de ver qué mal rato estoy pasando con mi pila totalmente descargada, afuera desfilan en la avenida 5 de Mayo de San Andrés policías y militares haciendo alarde de las fuerzas armadas. Retumban mis oídos al son de las sirenas, trompetas y tambores, pero esas sirenas y esos tambores son tan sólo el rumor inquietante de desidia y dolor interminables en mi corazón. Bien sabes a lo que me refiero ¿cierto? ¡Dejen atrás la guerra! ¡Endulcen todos los armados sus armas con algodones de azúcar y color! Ahora intento apaciguar la sed y luego me asomo a la calle. Observo la fiesta y entonces me pregunto si es justo tanta bandera y tanto signo de vida mientras a kilómetros de distancia acosa a la humanidad tanto terror. ¡Estoy insoportable, ya lo sé! ¡Insoportable! Así que pienso que será mejor no salir de casa, ya que creo que no lograría encajar en ningún sitio y tampoco tengo el ánimo de jugar al cuerdo en ningún lado. Carmina it´s time to stay allone.
La de anoche fue una noche excepcional. Una noche de bohemia cercana al volcán Popocatépetl con amigos de esos que son para toda una vida. Las bocinas retumbaban en aquella terracita tan amena y las estrellas apenas tintineaban en el firmamento cuando la música tocaba diversidad de genios y todo era alegría cuando de pronto y al unísono escuchamos “A mis 40 y diez” de Joaquín Sabina y entonces sufriendo cierto shock emocional, tan sólo pudimos brindar con el fluido que brotaba de nuestros propios ojos, y es que todos sabíamos que las horas corren, y sin que uno se dé cuenta, lo cotidiano fluye como el agua de río y de pronto y en sigilo, te brotan un par de arrugas, unas cuantas canas y te percatas de que ya no logras conciliar el sueño. Pero a lo que voy, me mata de rabia la palabra guerra, y mientras afuera los colores verde, blanco y rojo de la bandera nacional adornan todas las calles, se escucha a lo lejos el tronido de cohetes como alegorías de bombas y cañones. Prendo el televisor y veo que en las noticias tan sólo hablan de Siria y me encabrono preguntándome: ¿Por qué carajo tuvo que surgir de una cabeza serial la fuente del manantial nuclear en vez de agua transparente y cristalina? Creo que habría que darles de beber leche dulce de pecho materno a todos aquellos que a lo largo de la historia han creado matanzas de gente inocente en beneficio de sus bolsillos. ¡Idiotas! ¡Imbéciles! ¡Uf, pero qué insoportable estoy! Ya le paro. Ya la paro y creo que apagaré el teléfono para que nadie me llame evitando así que del otro lado de la línea se escuche de mi voz una conexión con ultratumba, ya mañana será otro día. Hoy mientras tanto, me bebo de full mi desolación y prefiero regalarte a ti este pequeño cuento que ha actuado en mí como un toque sanador en momentos difíciles saciando mi sed como una gota de lluvia en un desierto lleno de espejismos e ilusiones. Ahí te va, hablemos mejor de amor ¿no crees?
SURCOS
Calle Michoacán, segundo piso. La capital a sus pies. Esa noche, dentro de una habitación, se volvieron a ver. Las persianas abajo y una pequeña lámpara encendida, por una ranura la luz asoma a la calle y, mientras, ellos dos sobre satín vierten caricias.
–Dime si soy suave contigo –dice Edgar–.
Nélida guarda silencio y responde con besos, entrelazada en el amante. La lámpara de tenue luz es el único testigo de la desnudez. Ambos aprecian sus siluetas entre sombras, las manos de Nélida abrazan la espalda de Edgar, provocando ráfagas de placer y él lo agradece con un apasionado beso, recorriendo entre salivas ese cuerpo femenino. El amante siente la temperatura encendida en los genitales de la chica y bailan una danza íntima, enredados en las sábanas. Edgar se distrae al pensar en el necesario abandono, pero entre olas, babas y mareas, la sensualidad los ata y encuentran juntos la explosión amorosa con las manos entrelazadas y sudores que deslizan por sus cuerpos y rizos. Mientras hacen el amor, Edgar se consume; sabe que ama la dulzura de Nélida. Siempre la ha amado y en esta ocasión, más que nunca, la encuentra adorable. Después del éxtasis, desnudos y en reposo, el amante posa su cabeza sobre el vientre de ella y dibuja imaginariamente, sobre su muslo, mapas y surcos de todos los sitios que podrían conocer, compartiendo destinos. Pero el hombre comienza a sentir angustia y le comenta a ella, con voz trémula, que le es imposible iniciar una relación duradera. Debe volver a Nueva York porque su carrera como violonchelista se lo exige. Es entonces que en el interior de Nélida se encharca la desolación, se acongoja y en una rabieta exclama que no puede creer la decisión que Edgar ha tomado y es que, en ese instante tan dividido, en que ni ella ni él se poseen, pareciera que jamás han podido andar juntos, los mismos pasos, por causas de azar. En un intento por mantener la llama encendida, Nélida pasa sus manos sobre la nuca de él y le susurra al oído:
–Manda todo al infierno y quédate conmigo. ¡Anda!
Edgar, recostado sobre la cama, mostrando su entera desnudez, posa los brazos sobre su frente y asegura:
–No… no puedo.
–¡Por Dios! ¡Sólo piensas en la música! ¡Esa maldita bruja me tiene harta! ¡Deja de pensar que la vida se rige por cuatro o cinco notas!
–Hermosa, sobrevivo gracias a las notas, a las cuerdas, a los acordes.
–¡Maldición! ¿Nunca te atreverás a dar un espacio para nosotros?
Edgar permanece en silencio al observar la triste mirada de Nélida y siente que con sus palabras ha cometido un severo delito: Entonces, en otra rabieta y herida por la contundencia de la mirada de Edgar, la mujer afirma:
–¡Márchate!
Edgar entiende la rabia que ha expulsado la boca de ella. Se viste, toma sus cosas y se va sin decir adiós. Camina solo por la calle rumbo al hotel. El silencio de la madrugada rapta sus pensamientos; por distracción, su pie cae en un bache, tropieza y se mancha los pantalones de lodo.
–¡Mierda! ¡Mierda! –exclama Edgar, chapoteando el fango y pateando una piedra.
Luego da unos cuantos pasos más y, tronando los dedos, se detiene, vuelve la mirada en dirección al balcón del lugar que acaba de abandonar; toma una decisión que tal vez coartará su eterna ilusión. Entonces exclama:
–¡Maldición!
Gira. Mete las manos firmes en las bolsas de la gabardina y, alejándose, susurra, meneando de un lado a otro la cabeza:
–¡Hermosa! Volveré por ti cuando salga el sol.