DETRÁS DE LAS PALABRAS. UNA NOCHE DE LOS SANTOS DIFUNTOS

Noticia escrita el: 29 octubre, 2013 | Por: Carmina Breton

Fotografía: Giovanni Donadelli

Al despedirse la tarde, se posó sobre las afueras de la ciudad un banco de nubes grisáceas. Anita estacionaba el auto cuando tuvo un instante para reflexionar sobre lo que estaba aconteciendo, pero por respeto decidió guardar silencio. Berta abrió lentamente la portezuela del lado derecho para bajar, ayudada de su bastón; tenía puesto un vestido negro de seda y sus ojos brillaron al observar la entrada al panteón, como si el tiempo y sus recuerdos se deslizaran con cierta armonía por sus lagrimales. Anita y Berta caminaban a paso lento cuando la mujer de edad adulta dijo:

–Seguiremos las instrucciones del coronel, debemos preguntar dónde se encuentra.

Era el día de los santos difuntos; una aglomeración de personas justo a la entrada del cementerio. Todos y cada uno de los presentes cargaba en manos ofrendas para los muertos. Anita y Berta no eran la excepción, llevaban algunos presentes que Anita había comprado, por ordenes de su abuela, en el mercado de Mixcoac. Al atravesar el sitio, las dos mujeres sintieron que habían entrado en un laberinto. Anita buscó a alguien que le pudiera dar razón del paradero del difunto. Al ver a un hombre que llevaba una pala en las manos le dijo:

–Le doy un dinerito, pero dígame dónde se encuentra enterrado el teniente Armando Sentíes. En este papel dice que su cuerpo se encuentra en el corredor 26.

–¡Ah! –exclamó el sepulturero–, el corredor 26 se encuentra justo detrás de aquel árbol grande de flores rojas. Caminen hasta allá y, al doblar a la izquierda, busquen el nombre del difunto.

–Gracias señor –dijo Berta–.

Luego ordenó a la nieta:

–Dale al buen hombre veinte pesitos, por favor.

Las mujeres caminaron. Anita miraba por el rabillo del ojo a su abuela sin decir palabra. Llegaron hasta el corredor 26. A dar unos pocos pasos, vieron una antigua sepultura devorada por el pasto y un matorral. Berta tomó asiento sobre la piedra y comenzó a quitar la maleza. Anita hizo lo correspondiente a una nieta respetuosa y le dijo a su abuela que ella limpiaría el sepulcro. Entonces Berta acercó con la mano una canasta y comenzó a sacar comida y frutos:

–Ya verá, señor mío. Le vengo a ofrecer cosas deliciosas a su fino paladar, han pasado los años pero no me olvido de sus gustos.

Anita permaneció en silencio mientras ayudaba a la abuela  a colocar la comida. Mientras pasó su mano sobre la inscripción, la joven dijo:

–¿Así que murió en el año 1973?

–Si niña, esos años eran majestuosos, pero la gran tristeza de perder a Armando hicieron del siglo XX el siglo de mi luto. Fíjate nomás, algunos de los restos que yacen aquí al lado de él han sido injustamente olvidados, soldados que no retrocedieron por la paz de la patria jamás, así como también lo hizo Armando y no hace falta decirlo, pero todos los días, desde que se fue, aun escucho el eco de su voz. Anita querida, voy a pedirte que me dejes a solas con él para que hablemos sobre cosas importantes. Ya me encargo yo de colocar la ofrenda, tú mientras tanto vete a dar una vueltecita y cómprate unas dalias y una docena de cempasúchitl para que, a tu vuelta, las coloques, con tus propias manos, en la cabecera donde duerme mi querido. Ándale, déjame solita con él, por favor.

Anita sacó de su bolsa un gorra, Se la puso y también pasó la mano sobre la espalda de Berta, mientras decía:

–Al rato vuelvo, no me tardo, ya voy por las flores.

Berta hizo una seña, alzando la mano, y afirmó:

–Ándale, aquí me quedo.

Y fue entonces que, entre el gentío, Anita desapareció. Berta, en un instante, comenzó a colocar las ollas con comida y dijo, sonriendo:

–¿Ya viene de viaje?

Luego se besó la mano y la pasaba recorriendo todo el sepulcro, justo cuando pensó lo siguiente:

–Sí, ya viene en camino y le traigo pa que pruebe mole bien picante ¡ja! ya ve que me gusta hacer travesuras; pero si le pica la lengua pos se toma un trago de aguardiente. Aquí tiene unos tamales de dulce, pan, tequila y un poco de la cerveza esa, que tanto le gustaba de allá de Yucatán. Vine a verlo hasta aquí con muchos esfuerzos pues, como dijo alguna vez el sabio, si de pronto te cansas de viajar es porque ya te vas cansando de la vida. Le hablo con el alma, algunos de mis nietos, los más jóvenes, aseguran que llegaré a los cien años, pero vengo a decirle que le hablo sin ruido, calladita y desde mis entrañas. Ya ve usted que hoy en día la gente, como mi nieta Anita, se piensan que las visitas al panteón no deben durar más que unos cuantos minutos, así que como ella me trajo tendremos poco tiempo para platicar, pero señor, para mí sentir su presencia es un gran honor, estar aquí después de tanta cosa es un privilegio. Ya ve usted cómo separan los cementerios a los vivos de los muertos, pos qué podemos decir si en eso estamos de acuerdo, tan sólo hay un límite de unos cuantos metros y por eso quiero que hoy me cuente algún secreto de Doña Muerte. ¡Vamos, querido mío, prepáreme para lo que ya se avecina! ¿Sí sabe usted que por mucho tiempo rondó en mí mente la idea de morir joven para volverlo a ver verdad? Pues si se pregunta si ya lo quiero ver, mi respuesta es sí. Ya va siendo la hora.

Berta metió una pala de madera a la olla con el mole, preparó un taco y lo colocó en un plato, al mismo tiempo sirvió un caballito de tequila y continuó hablando para sus entrañas, así:

–¡Ay querido! El cobijo de la familia, a pesar de todo, siempre inyectó en mí grandes dosis de energía, pero nunca olvidé, ni puedo evitar, recordar aquella canción de Jorge Negrete que tanto le gustaba. Usted ha permanecido vivo en mi memoria por más de treinta años y perdone que no lo visitara, pero nunca lo dejé de amar. Mi gran problema fue siempre la distancia que me separó de su tumba, pero estoy segura que los tordos le trajeron mis mensajes de cariño, desde allá donde siempre he vivido. Debo contarle que la vida en este planeta aún reverdece, aunque han cambiado drásticamente las estaciones y yo, mientras tanto, como bien lo sabe usted, he atravesado una que otra pelea familiar, secretos y mentiras, muertes de gente adorable, alegrías y abrazos y también muchas graduaciones de hijos y nietos que ahora son maestros, doctores y licenciados ¡Uchale! Infinidad de pasteles de cumpleaños y muchas fotos en las navidades. Algunos seres en el mundo cargan a sus espaldas toneladas de latón inservible, pero le aseguro, querido mío, que fui tan libre que inclusive, alguna vez, me asusté por este bello sendero que pude transitar. ¡Ay! Ya veo venir a Anita por ahí, cargando las flores. Ya pronto me marcharé, pero con los segunditos que me quedan quiero comunicarle que en la familia contamos ya con 65 integrantes y, muchos de ellos, creo que los más jovencitos, viven con una gran curiosidad sobre su apuesta figura puesto que yo me he encargado de pregonar su gloria como soldado y como un héroe de la pluma. Porque sí, guardé sus cartas y apenas, al releerlas, respiré el aroma a naftalina del México de los años 60. Ya le dejo, hijo mío, su ofrenda llena de manjares, bebidas, veladoras encendidas y dulces. Aquí le traje el librito de Federico Gamboa, de la historia titulada Santa, que tanto le gustaba. Ya nos veremos pronto, hijo mío. Lo extrañé y fue por siempre, en mi corazón, la pérdida más importante, así como la erupción del Chichonal y su lava reseca. Ya nos veremos pronto. Suerte, soldado de plomo. Disfrute su día, ahora yo me regreso a mi casa de Morelia.

Berta, sentada aún, chocó el par de caballitos de tequila y brindó por el difunto, luego se levantó con ayuda de Anita y el bastón. Juntas desaparecieron entre la multitud para marcharse y nunca más volver. Parece ser que mientras ellas tomaban la autopista, Armando llegó y disfrutó de los manjares, intercambiando comida y bebida con sus vecinos y amigos más allegados.