-¡No! ¡No mientas…sí, es dentro de todo una buena persona!
-¡Ajá! A mí me parece que está medio pirado ¿has visto que nunca da la mano si no trae guantes?
-Es sólo una maña.
-¡Pues vaya maña!
El profesor Berstein, mexicano, de padre Alemán, iba bien abrigado al camión que le llevaría rumbo a la Universidad, notando que el espacio estaba lleno de estudiantes, se quedó en el pasillo de pie deteniéndose con las manos enguantadas del tubo del cual se detienen los pasajeros. Tenía las mejillas coloradas como todos los inviernos en la ciudad de Puebla. Él siempre asegura que le juegan rudo. Su cara brillaba a causa del viento matutino y helado, un chico de pelo castaño asintió y le hizo el saludo pero el profesor no se percató de aquel rasgo amistoso ya que parecía no estar consciente de lo que ocurre alrededor como suele sucederle de vez en cuando. Iba moviendo de un lado para otro la cabeza en una especie de tick nervioso puesto que se sentía emocionado y ansioso por conocer y desempacar el nuevo microscopio que había comprado su institución a un laboratorio Ingles y que tanto necesitaba para su proyecto de investigación de células madre. El par de alumnos que cuchicheaba a escasos metros de sonreían asegurando:
-¡Ja! Pareciera que teme ser infectado ¡Bueno eso me da a entender! Una vez me contó Fredy que nunca sale de casa sin su pañuelo de tela, puesto que siempre debe estar preparado por si acaso lo sorprende un catarro en el laboratorio.
Los chicos soltaron risotadas y uno exclamó:
-¡Esto es bizarro!
Así iban hablando los estudiantes cuando por fin el autobús se detuvo enfrente de la Universidad.
Berstein se bajaba del camión, los chicos caminaron a un lado de él jugando a pegarle puntapiés a una lata de coca-cola. El profesor los rebaso e iba caminando por la explanada a toda prisa con sus pantalones guangos color marrón que tanto le agradaba usar y entró por la puerta principal saludando al guardia en turno, se dirigió dando pasos largos y sonriente hasta el laboratorio. Al llegar al recinto pudo ver una caja grande sobre su escritorio y con rapaces manos la deshizo apoyado por unas tijeras. Adentro estaba el microscopio de barrido que tanto había soñado. Lo sacó con cariño de la caja y lo colocó sobra le mesa, leía atento el instructivo y cuando lo encendió corrió por su tubo de ensayo y extrajo del congelador criogénico una caja de petri de células madre. El profesor pasó sentado delante del nuevo microscopio más de tres horas sin ganas de beber agua o probar el primer bocado de la jornada. Cualquiera que pudiese estar ahí presente, habría visto el espectáculo de un hombre paralizado ante una célula, concentrado como un chef cocinando un suculento platillo, los pensamientos se amotinaban en su cerebro, dentro del tubo de ensayo, las células eran para él siempre tan frágiles y diminutas como también soberbias. El mayor arte del profesor es el de pasar horas enteras aislando fragmentos de ADN para luego intentar modificarlos en el tubo de ensayo y luego reproducirlos en las células. Bernstein piensa que cada célula madre ha sido siempre una vida secreta que sale a la luz llena de energía. Pero en fin, ese día el frío se colaba por sus pies y la luz azulosa de las lámparas reflejaba la soledad del laboratorio cuando de pronto se escuchó ruido de pasos que se aproximaban, era el doctor Mujica, decano de la facultad de biología que intentaba dar con el paradero del profesor.
-Qué extraña lleva hoy usted afeitada la barbilla. ¿A qué se debe la nueva imagen? Preguntó sarcástico Mujica.
-Nada doctor, es simplemente que considero elegante le barba de candado.
-¡Ja! Pues yo diría que esa más bien parece una barba de conductor de trailers. Dijo Mujica soltando una carcajada.
Bernstein bajó la mirada de aquellos ojos redondos para continuar observando las células y pensó en solitario intentando evitar a Mujica:
-Y yo diría que esa gran barriga suya tiene mucho que ver con la del monstruoso godzilla. Deje de una buena vez de intentar tratarme como a un trapo.
El profesor se quiso mantener ajeno a lo que ocurría en torno pero no pudo puesto que Mujica se acercó al archivo para extraer de él unos documentos, luego se acercó a Bernstein con ellos en la mano, lo miró con sus dos ojos miopes ocultos detrás de unos lentes de armazón de pasta y le dijo:
-Creo que vas retrasado y me parece que aún no has logrado regresar el reloj biológico en las células que ya no son totipotentes ¿cierto? Debes darte prisa.
-Le entregaré células madre pluripotentes en unos cuantos días, se lo aseguro.
-Bernstein no le daré mucho tiempo de espera, hace meses que comenzamos este proyecto. Se distrae usted demasiado ¡Es muy disperso! Pero en fin, me marcho y no sin antes decirle que de no entregar las células inducidas en los próximos días me veré obligado a ponerle una sanción.
Mujica salió del laboratorio no sin antes decir:
-¡Y arréglese las barbas!
Y Bernstein entonces al observar con las piernas cruzadas como se alejaba Mujica. Después sacó su pequeña grabadora del bolsillo del saco y al encenderla dijo lo siguiente:
-Este monstruo bicéfalo, ya me vas llenando el calcetín de piedritas. Siempre hay algo que aprender de tanto sinsabor ¡caramba! Hoy por la mañana el sol brillaba pero ahora al atardecer con la presencia de Mujica vino una descarga de lluvia sin previo aviso y creo que estoy a punto de padecer depresión estacional. ¡Godzilla mal humorado! ¡Qué suerte perra la de tu mujer!
Dieron las doce del medio día y Bernstein esperó dentro del laboratorio a sus siete alumnos para impartirles la clase de biología molecular. Al profesor la enseñanza lo emociona y algunas veces al calor de las charlas, sus expresiones exageradas y manoteos llegan digamos que al amaneramiento y la ridiculez, pero él siempre asegura que se aprende mucho más enseñando a los alumnos que en cualquier otro oficio. El primer alumno llegó a la cita. Bernstein sacó de su maletín un jabón envuelto en un pañuelo para lavarse las manos en el lavadero, después vertió gel antibacterial en sus manos y se sentó a esperar quince minutos leyendo, todos los días reservaba esos instantes a la lectura, el profesor se aprende a gran velocidad los libros de genética y luego los relee de atrás hacia adelante, pero después de aquel momento observó su reloj percatándose de que ya era la hora de iniciar. Los alumnos habían llegado puntuales a la cita y Bernstein se puso de pie, alzó los brazos y exclamó:
-¡Colegas, la perfección se logra con la práctica! Hoy analizaremos en el nuevo microscopio células en crioconservación, pero déjenme recordarles que la clase pasada hablamos del aislamiento de células madre de embriones humanos y llegamos al acuerdo de que mediante la obtención de estas células de embriones de mamíferos se puede llegar a un avance en la rama médica terapéutica. Como bien sabemos, cantidad de investigaciones han descubierto que se puede disponer de células madre que derivan del feto o del adulto, así que la obtención mediante la fecundación in-vitro de estas células ha despertado gran interés y ahora se llevan a cabo intentos de regeneración de tejidos y órganos ¡este es un gran avance para la medicina! ¿Saben algo? ¡Quisiera saber que soplo trajo a este mundo a aquellos seres, son la maravilla de la vida, lo más bonito de este mundo entero!
Un alumno alzaba el brazo de manera insistente y Bernstein le otorgó la palabra:
-Maestro, ya nos ha explicado varios temas, pero me podría decir desde el punto de vista ético ¿cómo se plantea la utilización de embriones humanos in vitro?
¡Um! ¡Ah! Vamos a ver. El principal uso médico de embriones crioconservados es la obtención de células madre totipotentes para terapias inmunes o para la regeneración de tejidos. Pero digamos que el uso de embriones humanos como fuente de células madre
Bernstein.
-¿De verdad? Si gusta yo podría enseñarle a tocar el piano.
-No creo ser muy hábil en el tema. Contestó Bernstein.
-¿Por qué no lo intenta? Dijo la chica.
-¡Ja! Podría ser, pero por ahora continuemos con la clase.
La alumna se quedó parada de frente al profesor mientras los demás compañeros hacían un círculo alrededor del microscopio.
-El profesor Bernstein comenzó por afirmar:
-Observarán las células en el tubo de ensayo e irán percatándose de que llenas de vida consumen energía de manera continua y de este modo mantienen su membrana plasmática activa. Afirmaba Bernstein. ¡Así es colegas! Exclamó, como podrán ver, las células se mantienen vivas, crecen y se multiplican dividiéndose en dos cuando encuentran el momento indicado. Bernstein señaló a un alumno y le preguntó:
-Sánchez, ¿Cómo le denomina la ciencia a toda célula que está en proceso de división?
-Célula madre profesor, y a la célula que ya se ha dividido la llama célula hija.
¿Y entonces? ¿Me puedes hablar del proceso genético?
-El material genético se duplica puesto que cada célula hija hereda de la célula madre una copia fiel del paquete genético.
Bernstein aplaudió exclamando:
¡Exacto! Y ya hablaremos más adelante del ADN.
Una hora más pasaron los alumnos observando la división de células cuando de pronto el profesor dio por terminada la clase asegurando:
-¡Esto es todo por hoy! Buenas tardes a estas células inquietas y gracias a todos por la grata estancia. Es hora de marcharnos.
La alumna que tocaba el piano se acercó a Bernstein y le dijo:
-Profesor, le dejo mi número de celular en este papelito y si gusta yo puedo ir a su casa a darle clases.
-Gracias ¿eh…?
-Jenny, me llamo Jenny.
-Muy bien Jenny déjame pensarlo y ya te llamaré.
Todos los alumnos se marcharon, Bernstein se quedó ordenando el laboratorio y después de dejar las cosas en su sitio se acercó al lavabo, sacaba su jabón del pañuelo para lavarse las manos una vez más cuando aseguró en especie de murmullo:
-No estaría nada mal tomar clases de piano, imagino que resultaría un pasatiempo de relax.
Bernstein terminó de lavarse las manos, salió a los pocos minutos del recinto, inició el recorrido bajando la mirada para observar sus pies. Pie derecho, pie izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo. Contó en su andar 734 pasos desde el laboratorio hasta la puerta de salida de la universidad, tomó el autobús en dirección a casa y al llegar a su hogar subió los 27 escalones. Los pies subían la escalera con ritmo como todos los días haciendo ruido al apretar la alfombra roída, luego al entrar se quitó la bufanda y los guantes, de pronto su estómago comenzó a dolerle y se percató de que sus tripas estaban alebrestadas de hambre, pero tan sólo se le antojaba un chocolate, así que salió a toda prisa de casa en dirección a la tienda de la esquina.
Continuará…