Helena y Micky eran tan sólo dos adolescentes de rostros divinos, flacos esqueléticos, cada uno en su familia contaba con acta de hijo legítimo, de padres de clase alta pero en realidad resultaban ser unos quinceañeros que recibían una mínima cuelga los domingos. Como algunas veces sucede, no tenían muchos problemas personales que resolver, se habían hecho novios un año atrás y sus cuerpos apenas acababan de cambiar; ella ya tenía pechos y él unas cuantas barbas dispersas. Acordaron trabajar todo el verano para ahorrar dinero y lograr escaparse un fin de semana a cualquier sitio con el ánimo de estar solitos. Así que Helena trabajó en un drive-in de hamburguesas y Micky sirviendo capuchinos y mokas fríos en una cafetería. Llegar al sitio de sus sueños les había costado, pero ahora ya estaban de pie ante la recepcionista del spa y en un desliz la mujer les preguntó dónde se encontraban sus papás, y con colores en la cara, Micky le comentó que pronto llegarían y pagó en efectivo tres noches. En un instante les otorgaron la llave de la habitación, al entrar, Micky abrió cajones, prendió el clima, lo inspeccionaba todo y acto seguido se tumbó en la cama, y Helena, que ya le había visto el torso desnudo a su novio, tenía una intensa curiosidad de apreciarlo de cuerpo entero, así que se sentó a un lado de él y comenzó a acariciarlo. Ambos eran inexpertos, pero Micky sabía que existe una forma universal para hacer el amor y entonces recordando algunos consejos de los amigos, pensó que lo mejor que podía hacer era actuar como un experto. Tan pronto comenzaron a desnudarse cuando ambos coincidieron en que aquella habitación representaba una especie de refugio espacial, algo así como un cosmos para dos. Fue en aquel sitio secreto donde Micky tomó el cincel y comenzó a esculpir mientras el cuerpo de Helena iba tomando forma de mujer y cada sensación la llevaba a imaginar que le daba varias vueltas al globo terráqueo, poco le importaba todo aquello sobre el pecado original y el chico por un momento se sentía tan grande como un héroe de esos apuestos de película. Así, escondidos en su refugio secreto conocieron el amor, por tres noches fueron independientes y dueños de su propia existencia. No había ni Mamis ni Papis. Eran tan sólo ellos dos una pareja de adolescentes en un rincón de la República. Amanecían juntos después de dormir plácidamente, salían a la alberca y jugueteando se zambullían en las profundidades de las aguas. De inmediato venían las caricias y con una sonrisita acordaban volver de inmediato a la cama. Así se les fueron los días, dale que dale en el tema del amor, pero llegó el momento de volver a casa y por consiguiente separarse. Llegaron a Cuernavaca y se readaptaron a la vida cotidiana. Pero al poco tiempo el vientre de Helena comenzó a crecer descaradamente y ambos acudieron temerosos a la clínica más cercana para llevar a cabo los análisis pertinentes. Todo un día lo pasaron juntos a la espera de los resultados y vaya sorpresa que da la vida; una vez que supieron que aquella pancita de Helena contenía un muñeco nenuco real se quedaron petrificados. Ahora se enfrentarían ante el jurado familiar que en definitiva les dictaría sentencia negativa, pero los papis y las mamis recibieron la noticia de la boca de Micky y después de una larga reunión decidieron poner fecha para la boda. Ahora Micky abandonó la escuela y trabaja en un taller de Motocicletas mientras en casa ella observa sus pechos y panza crecer, al volver del trabajo, Micky acaricia los rizos rubios de Helena tumbado en el sofá comiendo papas y dulces. En su pequeño frigobar atiborrado de calcomanías han puesto un cartel que dice así:
-Habitamos una casita pequeña, pero aquí sí que hay hueco y sustento para tres.